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Últimas Noticias

Электронная книга - «Últimas Noticias». Краткое содержание книги:

Esta apasionante novela nos introduce detrás de la pantalla de nuestro televisor y, con una trampa apasionante nos muestra el peligro cotidiano al que se enfrentan los reporteros de prensa, las dudas éticas que deben encarar en el difícil ejercicio de su profesión, las numerosas intrigas y presiones a que se ven sometidos asi como la guerra sin cuartel entablada entre los beneficios económicos, la ética. la fama y la integridad.
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Durante el trayecto de vuelta, Don Kettering anunció:

– Me dejaréis en cuanto lleguemos a Manhattan. Quiero empezar a rastrear los billetes marcados y puedo telefonear desde el despacho de Lex.

– ¿Puedo acompañarle? -preguntó Jonathan Mony mirando a Partridge-. Me encantaría ver cómo acaba la segunda parte de lo que hemos hecho hoy.

– Por mí, encantado -le aseguró Kettering-. Si Harry está de acuerdo, te enseñaré algunos trucos del oficio.

Partridge aceptó y se separaron en cuanto cruzaron el puente Queensboro. Mientras el Jeep Wagoneer seguía su camino hacia la sede de la CBA-News, Kettering y Mony tomaron un taxi hasta el despacho de unos corredores de bolsa de Lexington Avenue, cerca del hotel Summit.

Penetraron en una espaciosa sala donde unas dos docenas de personas -unas sentadas y otras de pie- estaban observando una pantalla sobreelevada que iba ofreciendo velozmente las cotizaciones de bolsa. El suelo estaba enmoquetado de verde oscuro, contrastando con las paredes, pintadas de verde claro; había varias filas de butacas tapizadas de mezclilla verde y naranja. Algunos de los que observaban las cifras bursátiles tomaban notas en sus cuadernos; otros parecían menos interesados. Un joven asiático estaba estudiando unas partituras; otros leían el periódico e incluso algunos sesteaban.

En una de las paredes había una formación de ordenadores y extensiones telefónicas, con letreros que indicaban: DESCOLGAR PARA OPERAR. Algunos estaban funcionando; pese al tono moderado de las voces, se podían oír retazos de sus conversaciones:

– ¿Has comprado dos mil? Vende.

– ¿Puedes conseguir quinientas a dieciocho? Adelante.

– De acuerdo, sácalas a quince veinticinco.

La recepcionista que estaba al fondo de la sala vio entrar a los dos periodistas y, con una sonrisa de bienvenida a Kettering, descolgó un teléfono. A su espalda había varias puertas, algunas de ellas abiertas, que conducían a los despachos interiores.

– Echa un vistazo -dijo Kettering a Mony-. Esta clase de negocio pronto pasará a la historia; éste es uno de los últimos que quedan. La mayor parte ha desaparecido, igual que los despachos de bebidas clandestinos cuando se levantó la prohibición.

– Pero el mercado de valores no ha desaparecido.

– Cierto. Pero los corredores de bolsa han hecho cuentas y han descubierto que los negocios como éste no son rentables. Viene demasiada gente a pasar el rato, o sólo por curiosidad. Y luego se les sumaron los vagabundos en invierno. ¿No es un sitio estupendo para pasar el día tranquilo y calentito? Pero por desgracia, los vagabundos no generan demasiados corretajes de bolsa.

– Podrías hacer un reportaje -dijo Mony-. En plan nostálgico, antes de que muera el último.

Kettering le miró con vivacidad:

– Es una idea fantástica, amiguito. ¿Cómo no se me habrá ocurrido a mí? Lo propondré en la Herradura la semana que viene.

Se abrió una de las puertas detrás de recepción, por la que salió un hombre cejijunto y fornido, que recibió calurosamente a Kettering.

– Don, me alegro de verte. Hacía mucho tiempo que no venías por aquí, aunque nosotros somos fieles seguidores de tus crónicas. ¿Qué puedo hacer por ti?

– Gracias, Kevin. -Kettering presentó a Mony-. Mi joven colega, Jonathan, querría averiguar qué acciones puede comprar hoy para que mañana se hayan cuadruplicado. Bueno, aparte de eso, ¿podría utilizar una mesa y un teléfono durante una media hora?

– Respecto a la mesa y el teléfono, no hay problema. Pasa a mi despacho y usa los míos, estarás más tranquilo. Y en cuanto a lo otro… lo siento, Jonathan, pero nuestra bola de cristal no funciona. Si la cosa se arregla antes de que os vayáis, ya te avisaré.

Les condujo a un pequeño despacho, muy confortable, con una mesa de caoba, dos butacas de cuero, el inevitable ordenador y un teléfono. El rótulo de la puerta indicaba su nombre: «Kevin Fane».

– Sin cumplidos -dijo Fane-, voy a pediros café y unos bocadillos.

Cuando se quedaron solos, Kettering dijo a Mony: -Cuando Kevin y yo estábamos en la Universidad, en verano trabajamos juntos como mensajeros en la bolsa de Nueva York y hemos seguido siendo amigos desde entonces. ¿Quieres un consejo profesional?

– Claro -repuso Mony.

– Cuando seas reportero, lo cual no es una suposición tan descabellada, mantén siempre vivos los contactos, no sólo a alto nivel, sino a todos los niveles, aliméntalos como estamos haciendo ahora. Es una forma de conseguir información, a veces donde o cuando menos te lo esperas. Recuerda también que a la gente le gusta colaborar con los periodistas de televisión; el mero hecho de prestarte un teléfono les hace sentirse partícipes, y en cierto modo te lo agradecen.

Mientras hablaban, Kettering se había sacado del bolsillo interior de la americana los billetes de cien dólares de Alberto Godoy, y los diseminó por encima de la mesa. Abrió un cajón y sacó una hoja de papel para ir tomando notas.

– Primero probaremos suerte con los que llevan inscrito un nombre. Después, si hace falta, nos centraremos en los que sólo llevan un número de cuenta.

Cogió un billete y leyó en voz alta:

– James W. Mortell. Estos cien han pasado por sus manos en alguna ocasión. Jonathan, búscalo en el listín de teléfonos de Manhattan, a ver si lo encuentras.

A los pocos segundos, Mony anunció:

– Ya está.

Leyó el número en voz alta, mientras Kettering pulsaba las teclas del teléfono.

A la segunda llamada, contestó una voz femenina:

– Mortell, instalaciones de fontanería.

– Buenos días, ¿está el señor Mortell, por favor?

– Está trabajando. Soy su mujer. ¿Quiere algún recado?

No sólo amable, sino joven y encantadora, pensó Kettering.

– Gracias, señora Mortell. Soy Don Kettering, el comentarista económico de la CBA-News.

Se produjo una pausa y luego una respuesta vacilante:

– ¿Es una broma?

– No, señora, no es una broma. -Kettering hablaba afablemente, con naturalidad-. La CBA está haciendo una encuesta y hemos pensado que el señor Mortell podía ayudarnos. En su ausencia, tal vez pueda hacerlo usted misma.

– ¡Es usted Don Kettering! He reconocido su voz. ¿En qué puedo ayudarle? -Risita-. A menos que tenga un escape de agua…

– Bueno, en este momento no, pero lo tendré en cuenta cuando me ocurra. En realidad, se trata de un billete de banco que lleva inscrito el nombre de su marido.

– No habremos hecho nada malo, supongo.

– En absoluto, señora Mortell. Es sólo que ese billete ha pasado por las manos de su marido y yo estoy intentando descubrir su procedencia.

– Bueno -dijo la mujer vacilando un poco-, algunos de nuestros clientes nos pagan al contado, incluso con billetes de cien. Pero nunca les hacemos preguntas.

– No tienen motivos, tampoco.

– Luego, cuando ingresamos los billetes en el banco, a veces el cajero escribe el nombre en ellos. Creo que no se puede, pero lo hacen. -Una pausa-. Una vez se lo pregunté. El cajero me dijo que hay tantas falsificaciones que lo hacen por precaución, para protegerse.

– ¡Aja! Precisamente lo que yo imaginaba, y de ahí seguramente procede la marca de este billete. -Mientras hablaba, Kettering miró a Mony, con el pulgar en alto-. ¿Tiene inconveniente, señora Mortell, en darme el nombre de su banco?

– Pues no, ninguno. Es el Citybank.

Y le dio la dirección de una agencia de la parte alta de la ciudad.

– Muchas gracias, es justo la información que necesitaba.

– Un momento, señor Kettering. ¿Puedo hacerle una pregunta?

– Por supuesto.

– ¿Va a salir esto en el noticiario? Y en tal caso, ¿cómo enterarme, para no perdérmelo?

– Facilísimo. Señora Mortell, ha sido usted tan amable que le prometo que el día que salga la llamaré personalmente para avisarla.

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