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El número de la traición

Электронная книга - «El número de la traición». Краткое содержание книги:

En la sala de urgencias del hospital más ajetreado de Atlanta, la doctora Sara Linton se ocupa de los pobres, de los heridos y de los desafortunados. De esta manera se refugia de la tragedia que hizo tambalear su vida hace unos años. Es entonces cuando una mujer muy malherida entra en el hospital y Sara se ve trasladada de nuevo a un mundo de horror y violencia. La mujer, desnuda y con evidentes signos de haber sido torturada, ha sido atropellada, pero está claro que antes había sido la presa de una mente retorcida.
En las afueras de Atlanta, donde encuentran a la paciente de Sara, la policía local ha empezado sus pesquisas, pero el detective Will Trent, de la Oficina estatal de Investigación de Georgia, no espera a que su jefa le dé la autorización necesaria para inmiscuirse en el caso: se lanza a través del cordón policial y directo al frondoso bosque y consigue encontrar una casa de los horrores escondida bajo tierra y un nuevo cadáver… la terrible realidad es que la paciente de Sara tan solo es una de las múltiples víctimas de un asesino cruel y sádico.
Will y su compañera Faith Mitchell, otra detective quien a su vez tiene sus propios secretos, consiguen hacerse con el caso, aunque para ello hayan de pelearse con el jefe local de policía y justo entonces otra mujer -inteligente, atractiva, bien situada y madre de un niño pequeño- es secuestrada. Will y Faith se encuentran en el ojo de un huracán para dar caza y captura a un asesino. Y, de hecho, ellos son lo único que hay entre un loco y su próxima víctima.
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– Sí.

Will trató de recordar la conversación con los Coldfield, preguntándose por qué Tom habría omitido un detalle tan importante. Había tenido muchas ocasiones de hablar, aun cuando su dominante madre estuviera presente.

– ¿En qué momento llegó el hijo?

– Unos cinco minutos antes que la ambulancia.

Will se sentía ridículo repitiendo todo lo que decía Jake Berman, pero quería tenerlo todo claro.

– ¿Tom Coldfield llegó a la escena antes de que llegara la ambulancia?

– Llegó antes que la policía, que vino después de que se fueran las dos ambulancias. No había nadie allí. Fue algo espantoso. Esa chica estuvo como veinte minutos tirada en la carretera y nadie vino a ayudarla.

Will tuvo la sensación de que acababa de encajar una pieza del rompecabezas; no la que necesitaban para resolver el caso, sino la que explicaba por qué Max Galloway se había mostrado tan reacio a compartir la información desde el principio. El detective debía de saber que la ambulancia se había llevado a la víctima antes de que llegara la policía. Faith tenía razón: había un motivo para que los de Rockdale no les hubieran enviado el informe del policía que atendió la llamada, y era que se estaban cubriendo las espaldas. La tardanza de la policía en acudir a los avisos era lo típico que a las agencias de noticas locales les gustaba destacar. En lo que a Will respectaba, esta era la gota que colmaba el vaso. Antes de que acabara el día haría que le retiraran a Galloway la placa de detective. A saber qué otras pruebas les habían ocultado o, peor aún, cuántas pruebas habrían puesto en peligro.

– Eh -le dijo Berman-. ¿Quiere oír el resto o no?

Will se percató de que se había quedado absorto en sus pensamientos y retomó el hilo de la narración.

– Así que entonces llegó Tom Coldfield -dijo-. ¿Y después vinieron las ambulancias?

– Primero llegó una. Se llevaron a la mujer, a la que habían atropellado con el coche. Henry dijo que prefería esperar porque quería que su mujer le acompañara y no había sitio para todos en la ambulancia. Se produjo una discusión, pero Rick dijo: «Váyanse, váyanse ya», porque sabía que la mujer estaba muy mal. Me dio las llaves de su coche y se fue con ella en la ambulancia para seguir atendiéndola.

– ¿Cuánto tiempo pasó hasta que llegó la segunda ambulancia?

– Unos diez o quince minutos.

Will echó cuentas mentalmente. Habían pasado en total unos cuarenta y cinco minutos y la policía no había aparecido.

– ¿Y después qué sucedió?

– Se llevaron a Henry y a Judith. El hijo les siguió en su coche, y yo me quedé en la autopista.

– ¿Y la policía no había llegado aún?

– Oí las sirenas nada más marcharse la segunda ambulancia. El coche estaba ahí… el de los Coldfield. La escena del crimen, ¿no? -Miró hacia los columpios del jardín como si estuviera visualizando a sus hijos jugando al sol-. Pensé en llevarme el coche de Rick y dejarlo en el cine. Nadie me conocía. Quiero decir que no habrían podido identificarme si no hubiera ido al hospital y les hubiera dado mi nombre.

Will se encogió de hombros, pero era cierto. De no ser porque Jake Berman les había dado su verdadero nombre no estaría allí hablando con él.

– Así que me subí al coche y me fui hacia el cine.

– ¿Hacia los coches de policía?

– Ellos venían en dirección contraria.

– ¿Por qué cambiaste de opinión?

Se encogió y los ojos se le llenaron de lágrimas.

– Supongo que estaba cansado de huir. De huir de… todo. -Se limpió los ojos con la mano que tenía libre-. Rick me dijo que la llevaban al Grady, así que cogí la interestatal y me fui al Grady.

Al parecer su valor empezó a flaquear poco después, pero Will prefirió no mencionarlo.

– ¿El viejo está bien? -preguntó Berman.

– Sí, está perfectamente.

– He oído en las noticias que la mujer está bien ya.

– Se está recuperando -le dijo Will-. Pero va a tener que vivir con eso toda la vida. No va a poder escapar de ello.

Berman se secó los ojos con el dorso de la mano.

– Una lección para mí, ¿no? -El hombre volvía a autocompadecerse-. Aunque a usted le da igual, ¿verdad?

– ¿Sabes qué es lo que no me gusta de ti?

– Por favor, ilumíneme.

– Estás engañando a tu mujer. No me importa con quién, el caso es que la estás engañando. Si quieres estar con otras personas, me parece muy bien, pero entonces deja que tu mujer se vaya. Déjala vivir su vida. Deja que encuentre a alguien que la quiera de verdad, que la entienda y que quiera estar con ella.

El hombre meneó lentamente la cabeza.

– Usted no lo entiende.

Will imaginó que no servía de nada intentar razonar con él. Se levantó y le quitó las esposas.

– Ten cuidado, no te metas en un coche con cualquier desconocido.

– Eso se acabó. Lo digo en serio. No volveré a hacerlo.

Parecía tan seguro de sí mismo, que Will casi le creyó.

Will tuvo que esperar a estar lejos del vecindario de Jake Berman para tener cobertura suficiente y poder usar el móvil. Incluso entonces la recepción no era muy buena, y paró en el arcén para poder hablar. Marcó el número del móvil de Faith y dejó que sonara. Saltó el buzón de voz, y colgó. Miró la hora: las 10:15. Probablemente todavía estaba en Snellville con su médico.

Tom Coldfield no les había dicho que hubiera estado en la escena del crimen; otro que también les había mentido. Abrió el móvil y marcó el número de información. Le pasaron con la torre de control del aeropuerto Charlie Brown, y una operadora le dijo que Tom había hecho una pausa para fumarse un cigarrillo. Will iba a dejarle un mensaje cuando la operadora se ofreció a facilitarle el número del móvil. Unos minutos más tarde, le respondió la voz de Tom gritando para hacerse oír sobre el estruendo del motor de un avión.

– Me alegro de que haya llamado, agente Trent. -Hablaba prácticamente a gritos-. Le he dejado un mensaje a su compañera, pero no me ha devuelto la llamada.

Will se tapó la oreja con el dedo, como si con eso pudiera tapar el ruido del avión que despegaba al otro lado de la línea.

– ¿Ha recordado algo más?

– Oh, no, no es nada de eso -dijo Tom. Ya no había tanto ruido y hablaba normal-. Estuve hablando anoche con mis compañeros, y nos preguntábamos cómo iba la investigación.

Se oyó el ruido ensordecedor de un avión acelerando. Will esperó a que pasara, pensando que aquello era una locura.

– ¿A qué hora sale usted de trabajar?

– Dentro de diez minutos, luego tengo que ir a recoger a los niños a casa de mi madre.

Will imaginó que podía matar dos pájaros de un tiro.

– ¿Podemos vernos en casa de sus padres?

Tom esperó a que el ruido le permitiera hablar.

– Claro. Estaré allí en unos cuarenta y cinco minutos. ¿Hay algún problema?

Will miró el reloj del salpicadero.

– Le veo en cuarenta y cinco minutos.

Colgó antes de que Tom pudiera hacerle más preguntas. Por desgracia, también lo hizo antes de que pudiera darle la dirección de sus padres. Pero la urbanización en la que vivían no podía ser muy difícil de encontrar. La carretera de Clairmont atravesaba todo el condado de DeKalb, pero las urbanizaciones para jubilados estaban en una zona muy concreta, cerca del hospital de veteranos de Atlanta. Will puso el coche en marcha y se dirigió hacia la interestatal.

Mientras conducía iba pensando si llamar a Amanda para contarle que Max Galloway la había cagado otra vez, pero ella le preguntaría dónde estaba Faith, y Will no quería recordarle a su jefa que Faith tenía problemas médicos. Amanda odiaba cualquier tipo de debilidad y se mostraba implacable con el problema de Will. A saber hasta qué punto estaba dispuesta a castigar a Faith por ser diabética. No iba a darle más munición.

Naturalmente podía llamar a Caroline para que le pasase la información a Amanda. Cogió el móvil, rezando para que no se le descuajeringara mientras marcaba el número de la secretaria.

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