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Электронная книга - «La tierra convulsa». Краткое содержание книги:

Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.
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El rostro de Etxe expresaba una amargura profunda al emitir su primer «¡Arre!». Maldijo a Larreko y a cuantos estaban allí profanando la intimidad que ya le unía a la Gran Cosa. Llevaba tantos años poseyendo aquella playa en las madrugadas, que había llegado a creer que aquel mundo le pertenecía en esas horas. Ciertamente, a lo largo de medio siglo nadie le había disputado la playa, así como tampoco las tablas, tablones, botas, baúles, sillas, cofres, ropas, sombreros y los mil desperdicios procedentes de naufragios u otros desastres menores arrastrados por las corrientes hasta la orilla. El mote de «Tempranero» no lo había inventado el pueblo para él, sino que Etxe lo heredó de su padre, y éste del suyo, pues en la familia era secular tradición recorrer la playa cada día antes que nadie, recogiendo lo aprovechable, incluida la renovada virginidad de las arenas, y hallando, también, cadáveres. Siempre de hombres. Todos los cadáveres eran siempre de hombres, nunca de mujeres. Se trataba, pues, de cadáveres sin misterio. La aparición de la Madera, hacía once días, vino a mitigar la terrible soledad de tantas madrugadas. Pero Etxe no podía oponerse por más tiempo a las leyes no escritas de la comunidad.

El burro peleó arduamente por mover la Gran Cosa. Hubo de ser descinchado cuando empezó a brotarle sangre de la boca.

– Volveré a probar mañana -dijo Etxe.

– La luna dice que la marea de esta noche es la mayor del año -dijeron los presentes-, y se llevará la valiosa madera.

No buscaban salvar la madera para Etxe sino para ellos mismos; al menos, para Larreko y ellos; o para Etxe, Larreko y ellos; admitirían, también, que sólo para Etxe y Larreko: incluso, sólo para Larreko, ya que era el único que poseía bueyes capaces de rescatar aquello de la playa: cualquier combinación, no sólo para que una madera tan suculenta fuera aprovechada por alguien, sino, principalmente, para seguir manteniendo la esperanza de llegar a saber quién se quedaría con ella, si Etxe o Larreko, amén de poder apostar en el enfrentamiento entre uno y otro.

– ¿Quieres que llamemos a Larreko? -preguntó el grupo.

Sabía Etxe que no era una pregunta ni un simple consejo, sino más bien una orden; y sabía que tenían toda la razón, pues si, por un lado, cuanto arrojaba la mar pertenecía a quien primero lo viera, por otro, toda posesión no sacada de la playa, es decir desechada, podía pasar a otras manos. La sola idea de perder su Madera hizo estremecer a Etxe.

– Sí, llamad a Larreko -consintió.

De momento, nadie encontró nada especial en el hecho de que no le llamara él mismo. Sólo le vieron esperar, tenso, el largo tiempo que los poderosos bueyes de Larreko necesitaron para bajar a la playa por el mal camino del monte y luego avanzar penosamente enterrando las pezuñas en la arena bajo su enorme peso. La pregunta de Etxe sonó, igualmente, tensa:

– ¿Cuánto te tendré que dar?

Larreko había llegado junto a la Madera y habían aparecido en sus manos varias cuñas de hierro y una pequeña porra.

– ¿Eh? -gruñó Larreko, sin suspender su tarea de hundir cuñas a porrazos en el duro material. Hasta que el silencio de Etxe le reveló que seguía esperando una respuesta-. Nos arreglaremos luego -añadió.

– ¿Luego? -repitió Etxe. Extendió el brazo para tocar la piedra que, encima de su Madera, significaba posesión-. La Madera es mía.

Casi le hizo vomitar el ahínco que Larreko ponía en los preparativos. Asistió al hundimiento de los seis hierros en la madera y a la fijación a ellos de las cadenas. A punto de arrancar, Larreko descoronó al Objeto de la piedra y arrojó ésta lejos.

– Todo pesa -pronunció con una mueca sin un interés especial de que fuera una sonrisa.

– La Madera es mía -recordó Etxe angustiosamente.

Larreko esgrimió el acullu y lo hundió con ferocidad en las ancas de los bueyes.

Para entonces, era media mañana y había más curiosos que nunca: habíase corrido la voz de que los bueyes de Larreko iban a levantar de la playa la madera de Etxe. Los que apostaron por que ni siquiera la movería, perdieron. Al emerger la Cosa de su hundido emplazamiento, se descubrió que tenía una moldura, curva y sobresaliente, cubriendo la arista inferior por el frente y los costados.

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