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Электронная книга - «La piel del tambor». Краткое содержание книги:

Un pirata informático irrumpe clandestinamente en el ordenador personal del Papa. Entretanto, en Sevilla una iglesia barroca se ve obligada a defenderse matando a quienes están dispuestos a demolerla. El Vaticano envía un agente, sacerdote, especializado en asuntos sucios: el astuto y apuesto padre Lorenzo Quart, quien en el curso de sus investigaciones verá quebrantarse sus convicciones e incluso peligrar sus votos de castidad ante una deslumbrante aristócrata sevillana… Estos son solo algunos de los elementos que conforman esta laberíntica intriga donde se dan cita el suspense, el humor y la Historia a lo largo de un apasionante recorrido por la geografía urbana de una de las ciudades más bellas del mundo.
«Arturo Pérez-Reverte es el novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo.»
El País
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A partir de ahí ya fue la de Dios es Cristo. Porque la Niña Puñales había oído el ruido y salió a ver qué pasaba, dándose de boca con la duquesa joven; y mientras tanto el banquero Gavira, sin duda para resarcirse del puñetazo del Potro, se venía sobre don Ibrahim con pésimas intenciones. El cura alto, tras mirar indeciso la barra de hierro que llevaba en la mano, la tiró al suelo antes de retroceder unos pasos para esquivar los golpes que el Potro seguía lanzando contra todo cuanto se movía, incluida su propia sombra.

– ¡Calma! -suplicaba don Ibrahim-. ¡Calma!

A la Niña Puñales le dio un ataque de histeria, empujó a la duquesa joven y se lanzó contra el banquero Gavira con las uñas listas para sacarle los ojos. Gavira, con muy escaso sentido de la caballerosidad, la frenó en seco de una bofetada que mandó a la Niña de vuelta al camarote entre revuelo de volantes y lunares, justo a los pies de la silla donde, maniatado y con los ojos vendados, el cura viejo intentaba volver la cabeza para averiguar lo que pasaba. En cuanto a don Ibrahim, la bofetada a la Niña destruyó sus afanes conciliadores, poniéndole un trapo rojo ante la cara. Así que, asumiendo lo inevitable, el gordo ex falso letrado volcó la mesa, agachó la cabeza como le habían enseñado Kid Tunero y don Ernesto Hemingway en el bar Floridita de La Habana, y desempolvando un grito de pelea -«Viva Zapata» dijo, porque fue lo primero que le vino a la cabeza- lanzó sus ciento diez kilos contra el estómago del banquero, llevándoselo con el golpe al otro extremo de la cámara justo cuando el Potro le asestaba al cura alto un derechazo en la cara y el agredido se agarraba a la lámpara para no caerse al suelo. Chisporrotearon los cables de la luz al arrancarlos de cuajo, y el barco se quedó a oscuras.

– ¡Niña! ¡Potro! -gritó don Ibrahim, sofocado por el forcejeo, desasiéndose del banquero Gavira.

Algo se rompió con estrépito. Por todas partes menudeaban los gritos y los golpes en la oscuridad. Alguien, sin duda el cura alto, cayó sobre el indiano, y antes de que éste pudiera incorporarse el otro le sacudió un codazo en la cara que le hizo ver las estrellas. Caray con el clero y la otra mejilla y la madre que los parió. Sintiendo gotas de sangre deslizársele desde la nariz, don Ibrahim se fue a gatas, arrastrando la barriga. Hacía un calor espantoso y la grasa del cuerpo le impedía respirar. En la puerta se recortó un momento la silueta del Potro, que seguía disparando leña a diestro y siniestro, a lo suyo. Se oyeron más golpes y gritos de procedencia diversa, y algo más se partió con ruido de astillas. Un zapato de tacón pisó una mano de don Ibrahim, y después un cuerpo le cayó encima. Reconoció en el acto la falda de volantes y el olor a Maderas de Oriente.

– ¡La puerta, Niña!… ¡Corre a la puerta!

Se levantó como pudo, tirando de la mano que encontró a tientas, le soltó un puñetazo -rallándole por mucho- a alguien que se interpuso en su camino, y con la energía de la desesperación condujo a la Niña hacia el puente y la cubierta. Subió sin aliento, encontrándose que el Potro ya estaba fuera dando saltos alrededor del timón, cuya funda de lona sacudía como si fuera un saco de boxeo. Desfallecido el corazón, agotado, seguro de que estaba a punto de llegarle el infarto de un momento a otro, don Ibrahim agarró al Potro por un brazo y, sin soltar de la mano a la Niña, los condujo a toda prisa hacia la escala para saltar a tierra. Allí, empujándolos ante él, consiguió llevárselos muelle arriba. Cogida de su mano, aturdida, la Niña Puñales sollozaba. Junto a ella, inclinada la frente y respirando por la nariz, hop, hop, el Potro del Mantelete seguía asestándole puñetazos a las sombras.

Sacaron al padre Ferro a la cubierta superior y se sentaron con él, maltrechos y doloridos, gozando del aire fresco de la noche tras la escaramuza. Habían encontrado una linterna, y a su luz Quart pudo observar el pómulo inflamado de Pencho Gavira, que empezaba a cerrarle el ojo derecho, la cara sucia de Macarena, que tenía un arañazo superficial en la frente, y el aspecto desastrado del viejo párroco, con la sotana mal abotonada y la barba de casi dos días llenándole el rostro de ásperas cerdas blancas entre las antiguas cicatrices. El mismo Quart no estaba en mejor estado: el puñetazo que le había dado el tipo con pinta de boxeador antes de apagarse la luz le tenía agarrotada la mandíbula, y el tímpano correspondiente zumbaba de un modo molesto. Con la punta de la lengua se tanteó un diente, creyendo que se movía. Sangre de Cristo.

Era una situación extraña. La cubierta del Canela Fina llena de asientos destrozados, las luces del Arenal sobre el parapeto, la Torre del Oro iluminada tras las acacias, orilla abajo. Y Gavira, Macarena y él formando un semicírculo alrededor del padre Ferro, a quien no habían oído pronunciar una palabra ni una queja. Ni siquiera un gesto de agradecimiento. Miraba la superficie negra del río igual que si estuviera muy lejos de allí.

Fue Gavira quien habló primero. Se había puesto su americana sobre los hombros, preciso y muy tranquilo. Sin eludir su responsabilidad, habló de Celestino Peregil y de cómo éste había interpretado mal sus instrucciones. Ésa era la causa de que él hubiera acudido aquella noche, intentando reparar en lo posible el daño causado. Estaba dispuesto a ofrecer al párroco todo tipo de satisfacciones, incluido el descuartizamiento de Peregil cuando lograse echarle la vista encima; pero era mejor dejar bien claro que eso no cambiaba en nada su actitud respecto a la iglesia. Una cosa era una cosa, matizó, y otra cosa era otra cosa. Tras lo cual interpuso un breve silencio, se pasó los dedos por el pómulo hinchado, y encendió un cigarrillo.

– De modo -añadió tras un instante de reflexión- que vuelvo a quedar al margen de esto.

Y ya no volvió a abrir la boca para nada. Fue Macarena quien habló a continuación, haciendo un relato minucioso de cuanto había ocurrido en ausencia del párroco, y éste la escuchó sin dar señales de emoción, ni siquiera cuando ella mencionó la muerte de Honorato Bonafé y las sospechas de la policía. Lo que llevaba el asunto a Lorenzo Quart. Ahora el padre Ferro se había vuelto hacia él, y lo miraba.

– El problema -dijo Quart- es que usted no tiene coartada.

A la luz de la linterna, los ojos del párroco parecían más oscuros y herméticos:

– ¿Por qué había de necesitarla? -preguntó.

– Bueno -se inclinaba hacia él, los codos sobre las rodillas-. Hay un horario crítico, por decirlo de algún modo, en la muerte de Bonafé: desde las siete o siete y media de la tarde hasta las nueve, más o menos. Depende a qué hora cerrase la iglesia… Si hubiera testigos sobre lo que estuvo haciendo todo ese tiempo, sería estupendo.

Era una dura cabeza la del párroco, pensó una vez más mientras aguardaba la respuesta. Aquel pelo blanco a trasquilones, la nariz ancha, la cara marcada como si la hubiesen tallado a martillazos. La luz de la linterna acentuaba esa apariencia:

– No hay testigos de nada -dijo.

Parecía indiferente a lo que eso significaba. Quart cambió una mirada con Gavira, que permanecía en silencio, y luego suspiró, desalentado:

– Nos complica la situación. Macarena y yo podemos certificar que usted acudió a la Casa del Postigo sobre las once, y que su actitud, desde luego, estaba fuera de toda sospecha. Gris Marsala, por su parte, probará que hasta las siete y media todo transcurrió con normalidad… Supongo que lo primero que va a preguntarle a usted la policía es cómo no vio a Bonafé en el confesionario. Pero no llegó a entrar en la iglesia, ¿verdad?… Es la explicación más lógica. Y supongo que el abogado que pondremos a su disposición le pedirá que se reafirme en ese punto.

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