Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » El Libro del Día del Juicio Final [Doomsday Book - es]
El Libro del Día del Juicio Final [Doomsday Book - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Libro del Día del Juicio Final [Doomsday Book - es]

Электронная книга - «El Libro del Día del Juicio Final [Doomsday Book - es]». Краткое содержание книги:

A mediados del siglo XXI, Kivrin, una audaz estudiante de historia, decide viajar en el tiempo para estudiar `in situ` una de las eras más mortíferas y peligrosas de la historia humana: la Edad Media asolada por la Peste Negra. Pero una crisis que enlaza extrañamente pasado, presente y futuro atrapa a Kivrin en uno de los años más peligrosos de la Edad Media, mientras sus compañeros de Oxford en el año 2054, atacados de repente por una enfermedad desconocida, intentan infructuosamente rescatarla. Perdida en una época de superstición y de miedo, Kivrin descubre que se ha convertido en un improbable Angel de Esperanza durante una de las horas más oscuras de la historia.
Un tour de force narrativo, una novela que explorará el miedo atemporal de la enfermedad, el sufrimiento y la indomable voluntad del espíritu humano. Con diferencia, la mejor novela de ciencia ficción de 1992 con la que Connie Willis ha obtenido los más importantes premios del género: Nebula, Hugo y Locus
`Sin ser doctrinario, éste es el libro de inspiración religiosa tan apasionado con su humanismo como Un cántico por Leibowitz de Walter M. Miller. Una historia mucho mas sencilla que su trama, mucho más vasta que el número de sus paginas. El libro del Día del Juicio Final impresiona con la fuerza de una verdad profundamente sentida` John Kessel, Science Fiction Age
1 ... 97 98 99 100 101 102 103 104 105 ... 155
Перейти на страницу:

Ni siquiera miró a Kivrin, y ella se preguntó si en su prisa había olvidado la promesa que le hizo a lady Imeyne. Miró ansiosamente hacia la puerta, esperando que Imeyne estuviera todavía regañando a Roche y no apareciera de repente para recordárselo.

– Lamento que mi esposo no esté aquí -dijo Eliwys-, y que no pudiéramos daros una bienvenida mejor. Mi esposo…

– Debo ver a mis criados -la interrumpió él. Extendió la mano y Eliwys se arrodilló y le besó el anillo. Antes de que pudiera levantarse, el enviado del obispo ya se había encaminado hacia el establo. Eliwys le miró, preocupada.

– ¿Quieres verlo? -preguntó Agnes.

– Ahora no. Rosemund, debes despedirte de sir Bloet y lady Yvolde.

– Está frío -insistió Agnes.

Eliwys se volvió hacia Kivrin.

– Lady Katherine, ¿sabéis dónde está lady Imeyne?

– Se quedó en la iglesia -dijo Rosemund.

– Quizás esté rezando todavía -aventuró Eliwys. Se puso de puntillas y escrutó el patio abarrotado-. ¿Dónde está Maisry?

Escondida, pensó Kivrin, que es como debería estar yo.

– ¿Quieres que la busque? -se ofreció Rosemund.

– No. Despídete de sir Bloet. Lady Katherine, id a la iglesia y traed a lady Imeyne para que pueda despedirse del enviado del obispo. Rosemund, ¿por qué estás todavía ahí? Ve a despedirte de tu prometido.

– Encontraré a lady Imeyne -dijo Kivrin, pensando: atravesaré el portalón, y si está todavía en la iglesia, me esconderé entre las chozas e iré al bosque.

Dio media vuelta. Dos de los sirvientes de sir Bloet se debatían con un pesado cofre.

Lo soltaron de golpe ante ella, y se volcó a un lado. Kivrin retrocedió y los rodeó, intentando ocultarse tras los caballos.

– ¡Esperad! -llamó Rosemund, alcanzándola. La cogió por la manga-. Debéis venir conmigo a despediros de sir Bloet.

– Rosemund… -dijo Kivrin, mirando hacia el portalón.

Lady Imeyne lo atravesaría de un momento a otro, aferrada a su Libro de las Horas.

– Por favor -Rosemund parecía pálida y asustada.

– Rosemund…

– Sólo será un momento, y luego podréis traer a la abuela -arrastró a Kivrin hacia el establo-. Venga. Vamos ahora que su cuñada está con él.

Sir Bloet esperaba a que ensillaran su caballo y charlaba con la dama de la cofia sorprendente. No era menos enorme esta mañana, pero era evidente que se la había puesto demasiado deprisa. Estaba bastante inclinada a un lado.

– ¿Qué es ese asunto urgente del enviado del obispo? -preguntaba. Sir Bloet sacudió la cabeza, frunció el ceño, y entonces sonrió a Rosemund y avanzó un paso. Ella retrocedió, agarrando con fuerza el brazo de Kivrin.

La cuñada inclinó la toca ante Rosemund y continuó hablando.

– ¿Ha recibido noticias de Bath?

– No llegó ningún mensajero anoche, ni tampoco esta mañana.

– Si no ha recibido ningún mensaje, ¿por qué no comentó este urgente asunto cuando llegó? -preguntó la cuñada.

– No lo sé -replicó él, impaciente-. Esperad. Debo despedirme de mi prometida -cogió la mano de Rosemund, y Kivrin advirtió el esfuerzo que ella hizo para no retirarla.

– Adiós, sir Bloet -dijo, envarada.

– ¿De esta manera te despedirías de tu esposo? ¿No le darás un beso?

Rosemund avanzó y le estampó un rápido beso en la mejilla, luego retrocedió de inmediato y se puso fuera de su alcance.

– Os doy las gracias por vuestro regalo -dijo.

Bloet dejó de mirar su pálida carita y contempló el cuello de la capa.

– «Estás aquí en lugar del amigo que amo» -dijo, acariciando la joya.

Agnes llegó corriendo y gritando.

– ¡Sir Bloet! ¡Sir Bloet!

Él la cogió y la alzó en brazos.

– He venido para despedirme. Mi perro ha muerto.

– Te traeré un perro nuevo como regalo de bodas si me das un beso.

Agnes le rodeó el cuello con los brazos y le plantó un ruidoso beso en cada una de las rubicundas mejillas.

– No eres tan avara con tus besos como tu hermana -comentó él, mirando a Rosemund. Soltó a Agnes-. ¿O le darás a tu marido dos besos también?

Rosemund guardó silencio.

Él avanzó y acarició el broche.

– «Io suiicien lui dami amo» -dijo. Le colocó las manos sobre los hombros-. Piensa en mí cada vez que lleves el broche -se inclinó hacia delante y la besó en la garganta.

Rosemund no se apartó, pero el color desapareció de su rostro.

Él la soltó.

– Vendré a buscarte en Pascua -prometió, aunque sonó como una amenaza.

– ¿Me traeréis un perro negro? -preguntó Agnes.

Lady Yvolde llegó entonces, refunfuñando.

– ¿Qué han hecho tus criados con mi capa de viaje?

– Yo os la traeré -se ofreció Rosemund, y corrió hacia la casa. Kivrin la siguió.

– He de encontrar a lady Imeyne -dijo Kivrin, en cuanto estuvieron a salvo de sir Bloet-. Mira, están a punto de partir.

Era cierto. El grupo de sirvientes y cajas y caballos había formado una hilera, y Cob había abierto la puerta. Los caballos que los tres reyes habían montado la noche anterior estaban cargados de cofres y bolsas, las riendas atadas unas a otras. La cuñada de sir Bloet y sus hijas ya habían montado, y el enviado del obispo se encontraba de pie junto a la yegua de Eliwys, tensando la cincha.

Sólo unos cuantos minutos más, pensó Kivrin, que se quede en la iglesia unos cuantos minutos más, y ya se habrán ido.

– Tu madre me pidió que buscara a lady Imeyne.

– Primero debéis venir conmigo al salón -a Rosemund aún le temblaba la mano.

– Rosemund, no hay tiempo…

– Por favor. ¿Y si él entra en el salón y me encuentra?

Kivrin pensó en sir Bloet besándole la garganta.

– Te acompañaré, pero debemos darnos prisa.

Cruzaron corriendo el patio, atravesaron la puerta y estuvieron a punto de chocar con el monje gordo, que bajaba de la habitación de Rosemund y parecía furioso o con resaca. Salió al patio sin mirarlas siquiera.

No había nadie más en el salón. La mesa estaba todavía cubierta de copas y bandejas de comida, y el fuego humeaba, desatendido.

– La capa de lady Yvolde está en el desván -dijo Rosemund-. Esperadme.

Subió la escalerilla como si la persiguiera sir Bloet.

Kivrin se asomó a la puerta. No vio el pasaje. El enviado del obispo estaba de pie junto a la yegua de Eliwys, con una mano en el pomo de la silla, escuchando al monje, que le hablaba agitadamente. Kivrin miró las escaleras y la puerta cerrada de la habitación, preguntándose si sería verdad que el clérigo tenía resaca o si se había peleado con su superior. Los gestos del monje eran obviamente inquietos.

– Aquí está -dijo Rosemund, agarrando la capa con una mano y la escalerilla con la otra-. Tendré que llevársela a lady Yvolde. Sólo será un momento.

Era la oportunidad que Kivrin estaba esperando.

– Yo lo haré -dijo. Cogió la pesada capa y salió. En cuanto estuviera fuera, le daría la capa al sirviente más cercano para que se la entregara a la hermana de Bloet y se encaminaría directamente al pasaje. Que se quede en la iglesia unos cuantos minutos más, rezó. Así podré llegar al prado. Salió por la puerta y se topó con lady Imeyne.

– ¿Por qué no estáis preparada para marchar? -preguntó Imeyne, mirando la capa-. ¿Dónde está vuestra capa?

Kivrin observó al enviado del obispo. Tenía las dos manos sobre el pomo de la silla y se aupaba con la ayuda de Cob. El fraile ya había montado.

– Tengo la capa en la iglesia. La cogeré.

1 ... 97 98 99 100 101 102 103 104 105 ... 155
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)