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Электронная книга - «El jardín olvidado». Краткое содержание книги:

Una niña desaparecida en el siglo XX…
En vísperas de la Primera Guerra Mundial, una niña es abandonada en un barco con destino a Australia. Una misteriosa mujer llamada la Autora ha prometido cuidar de ella, pero la Autora desaparece sin dejar rastro…
Un terrible secreto sale a la luz…
En la noche de su veintiún cumpleaños, Nell O’Connor descubre que es adoptada, lo que cambiará su vida para siempre. Décadas más tarde, se embarca en la búsqueda de la verdad de sus antepasados que la lleva a la ventosa costa de Cornualles.
Una misteriosa herencia que llega en el siglo XXI…
A la muerte de Nell, su nieta Casandra recibe una inesperada herencia: una cabaña y su olvidado jardín en las tierras de Cornualles que es conocido por la gente por los secretos que estos esconden. Aquí es donde Casandra descubrirá finalmente la verdad sobre la familia y resolverá el misterio, que se remonta un siglo, de una niña desaparecida.
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Ruby sacudía su cabeza.

– Es increíble. Así es como se deben de sentir los pájaros cuando están asentados en sus nidos. -Se apartó unos pasos del borde del acantilado-. Excepto, tal vez, un tanto más seguros, dado que tienen alas, en caso de caerse.

– La cabaña solía ser un mirador. En la época de los contrabandistas.

Ruby asintió.

– Lo imagino perfectamente. Debe de haber pocas cosas que pasen desapercibidas desde aquí arriba. -Se volvió, esperando ver la cabaña. Frunció el ceño-. Una pena esa muralla. Debe de bloquear mucho la vista.

– Sí, en la planta baja. Pero no siempre estuvo allí, la construyeron en 1909.

Ruby miró en dirección a la entrada.

– ¿Por qué construiría alguien un muro semejante?

– Protección.

– ¿Contra qué?

Cassandra siguió a Ruby.

– Créeme, me encantaría saberlo. -Abrió la chirriante puerta de hierro.

– Qué amistoso. -Ruby señaló el cartel previniendo a los intrusos.

Cassandra sonrió pensativa. «Manténgase alejado o aténgase a las consecuencias». Había pasado frente al cartel con tanta frecuencia en las últimas semanas que había dejado de verlo. Ahora, a la luz del comentario del cuaderno de Rose, las palabras cobraban nuevo sentido.

– Vamos, Cass. -Ruby estaba de pie al otro lado del sendero, junto a la puerta de la cabaña, pateando el suelo con sus piececillos-. Te he acompañado en la caminata sin casi quejarme, seguramente no esperarás que escale los muros y encuentre una ventana por la cual entrar.

Cassandra sonrió y mostró la llave de bronce.

– No temas. Ya no hay más desafíos físicos. Al menos por hoy. Reservaremos el jardín escondido para mañana. -Insertó la llave en la cerradura y la hizo girar ruidosamente hacia la izquierda, luego empujó la puerta para abrirla.

Ruby cruzó el umbral y avanzó por el vestíbulo hacia la puerta de la cocina. El interior estaba mucho más luminoso ahora que Cassandra y Christian habían quitado las enredaderas de las ventanas y lavado un siglo de suciedad de sus cristales.

– ¡Vaya! -susurró Ruby, los ojos como platos mientras examinaba la cocina-. ¡Está intacta!

– Es una forma de verla.

– Nadie la destruyó con la excusa de modernizarla. Qué hallazgo tan increíble. -Se volvió a Cassandra-. Tiene un aire maravilloso, ¿no crees? Envolvente, cálido, a su manera. Casi puedo sentir los fantasmas del pasado moviéndose entre nosotras.

Cassandra sonrió. Sabía que Ruby también tendría esa sensación.

– Estoy tan contenta de que hayas podido venir, Ruby.

– No me lo hubiera perdido por nada -aseguró, cruzando el cuarto-. Grey estaba a punto de ponerse tapones para los oídos cuando nos conocimos, está harto de oírme hablar de tu cabaña en Cornualles. Además, tenía asuntos en Polperro, por lo que todo salió a pedir de boca. -Se reclinó sobre la mecedora para mirar por la ventana del frente-. ¿Eso de ahí fuera es una fuente?

– Sí, una pequeña.

– Bonita estatua, me pregunto si tendrá frío. -Soltó la mecedora, de modo que ésta comenzó a moverse suavemente. Los arcos de la silla crujieron leves sobre el suelo de madera. Ruby continuó su inspección del cuarto, pasando los dedos con delicadeza por el borde del horno.

– ¿Qué es lo que tienes en Polperro? -Cassandra estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la mesa de la cocina.

– Mi muestra terminó la semana pasada y tengo que devolver los bosquejos de Nathaniel Walker a su dueña. Debo confesarte que me rompe el corazón deshacerme de ellos.

– ¿No hay forma de que los ceda al museo como préstamo permanente?

– Eso estaría bien. -La cabeza de Ruby desapareció sobre la campana de ladrillo de la estufa, y su voz se amortiguó-. Tal vez puedas ablandarla cuando hables en mi defensa.

– ¿Yo? Si no la conozco.

– Bueno, no todavía, por supuesto que no. Pero te mencioné cuando estuve allí. Le dije lo de tu abuela y su vínculo con los Mountrachet, que había nacido aquí en Blackhurst, que había regresado y comprado la cabaña. Clara se mostró de lo más interesada.

– ¿De veras? ¿Y eso por qué?

Ruby se puso de pie, golpeándose la cabeza con el estante sobre la cocina.

– Mierda. -Se frotó con furia donde se había golpeado-. Siempre la condenada cabeza.

– ¿Estás bien?

– Sí, estoy bien. Tengo mucha tolerancia para el dolor. -Dejó de frotarse, parpadeó para aclararse la vista-. La madre de Clara trabajaba en Blackhurst como sirviente, ¿recuerdas? Mary, la que terminó haciendo morcillas con su marido carnicero.

– Sí, ahora recuerdo. ¿Cómo supiste que Clara estaba interesada en Nell? ¿Qué fue lo que dijo?

Ruby continuó la inspección del horno, abriendo la puerta del mismo.

– Dijo que había algo de lo que quería hablar contigo. Algo que su madre le había dicho antes de morir.

A Cassandra se le erizó la piel del cuello.

– ¿Qué fue? ¿Dijo algo más?

– A mí no, y no te excites demasiado. Sabiendo la alta estima en la que tiene a su madre, bien podría ser que piense que te gustaría saber que Mary pasó los mejores años de su vida al servicio de la gran mansión. O que Rose una vez la felicitó por el modo en el que pulía la plata. -Ruby cerró la puerta del horno, volviéndose hacia Cassandra-. Supongo que el horno ya no funciona, ¿verdad?

– Funciona, nosotros tampoco podíamos creerlo.

– ¿Nosotros?

– Christian y yo.

– ¿Quién es Christian?

Cassandra pasó los dedos por el borde de la mesa.

– Ah, un amigo. Alguien que me ha estado ayudando con la limpieza.

Ruby arqueó las cejas.

– Un amigo, ¿eh?

– Aja. -Cassandra se encogió de hombros. Trató de parecer despreocupada.

Ruby sonrió, intuitiva.

– Es bueno tener amigos. -Avanzó hacia el fondo de la cocina, pasando frente a la ventana con el cristal roto hasta la antigua rueca-. Supongo que no tendré oportunidad de conocerlo. -Extendió la mano e hizo girar la rueda.

– Cuidado -advirtió Cassandra-, no te pinches el dedo.

– No. -Ruby dejó que sus dedos acariciaran el tope de la rueca-. No me gustaría ser responsable de sumirnos a ambas en un sueño de cien años. -Se mordió el labio inferior, los ojos brillantes-. Aunque le daría a tu amigo la oportunidad de rescatarnos.

Cassandra sintió que se le enrojecían las mejillas. Fingió indiferencia mientras Ruby examinaba las vigas vistas del techo, los azulejos azules y blancos alrededor de la cocina, las anchas tablas del suelo.

– Bueno -dijo por fin-, ¿qué te parece?

Ruby puso los ojos en blanco.

– Ya sabes lo que pienso, Cass. ¡Estoy completamente celosa! ¡Es fabulosa! -Se inclinó sobre la mesa-. ¿Sigues planeando venderla?

– Sí, supongo que sí.

– Eres más fuerte que yo. -Ruby sacudió la cabeza-. Yo no sería capaz de deshacerme de ella.

Un relámpago de orgullo posesivo surgió de la nada. Cassandra lo apagó.

– Tengo que hacerlo. No puedo dejarla abandonada. El mantenimiento sería demasiado caro, especialmente cuando estoy al otro lado del mundo.

– Podrías quedártela como casa de vacaciones, alquilarla cuando no la usas. Entonces tendríamos siempre un lugar para quedarnos cuando necesitemos algo de costa marina. -Rió-. Es decir, tendrás un lugar donde quedarte. -Dio un empujoncito a Cassandra con el hombro-. Vamos, muéstrame lo que hay arriba. Apuesto a que la vista es espectacular.

Cassandra la condujo por las angostas escaleras, y cuando llegaron al dormitorio, Ruby se inclinó sobre el alféizar.

– Oh, Cass -dijo, mientras el viento encrespaba las blancas puntas de las olas-, tendrías gente haciendo cola para pasar aquí sus vacaciones. Está intacta, lo suficientemente cerca del pueblo para avituallarse y lo suficientemente lejos para tener privacidad. Debe de ser una gloria al atardecer, y también de noche cuando las distantes luces de los barcos pesqueros brillan como pequeñas estrellas.

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