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El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
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Asad Jalil continuó hacia el norte, volviendo sobre sus pasos a lo largo de la ruta que había realizado desde Jacksonville, a través de la frontera de Georgia y luego a Carolina del Sur. Durante el trayecto se deshizo de los disquetes de ordenador que había cogido del despacho de Paul Grey.

Mientras conducía, pensaba en todo lo que había hecho por la mañana. Ciertamente, para entonces, al atardecer, alguien ya estaría buscando a la mujer de la limpieza, o a Paul Grey. En algún momento, alguien descubriría los cadáveres. Se daría por supuesto que el móvil del asesinato de Grey había sido el robo del software. Todo se estaba desarrollando conforme a lo planeado. Lo que no estaba bien resuelto era el problema de su piloto. Muy posiblemente, para esa noche o la mañana del día siguiente, las muertes de Spruce Creek atraerían la atención de alguien en Servicios Aéreos Alpha, y, naturalmente, la de su piloto, que, sin duda, recordaría el nombre de Paul Grey. Jalil no había caído en la cuenta de que el nombre de éste figuraría en el hangar.

Esa mujer llamaría a la policía y sugeriría que tal vez ella supiera algo acerca de aquel crimen. En Libia, nadie llamaría a la policía con una información que lo pusiera en contacto con las autoridades. Pero Boris estaba bastante seguro de que eso sí era posible en Estados Unidos.

Jalil asintió para sus adentros mientras conducía. Boris le había dicho que utilizara su buen criterio con respecto al piloto, señalando: «Si matas al piloto, debes matar a todos los demás que tengan conocimiento de tu vuelo y que te hayan visto la cara. Los muertos no pueden acudir a la policía. Pero cuantos más cadáveres dejes en tu camino, más firme será la decisión de la policía de encontrar al asesino. El homicidio de un hombre en su casa para robarle no suscita demasiado interés. Tal vez tengas la suerte de que pase inadvertido en Jacksonville.»

Jalil asintió de nuevo. Pero había tenido que matar a la mujer de la limpieza, al igual que en Washington, a fin de tener más tiempo para distanciarse del asesinato. Alguien debería decirle a Boris que a los americanos no les gustaba limpiar ellos mismos sus casas.

En cualquier caso, la policía estaba buscando a un ladrón, no a Asad Jalil. Además, no buscaba su automóvil, y, si la piloto llamaba a la policía, estarían buscando a un griego que se dirigía a Atenas, vía Washington, D. C. Todo dependía de lo estúpida que fuese la policía.

Había otra posibilidad, naturalmente. La piloto, al ver la primera plana de los periódicos, podría comprender quién había sido en realidad su pasajero… No cabía duda de que debería haberla matado, pero no lo había hecho. Le había perdonado la vida, se dijo, no por compasión, sino por lo que Boris, e incluso Malik, había dicho sobre causar demasiadas muertes. Boris se mostraba no sólo cauteloso, sino también demasiado preocupado por las vidas de los enemigos del islam. Boris se había mostrado contrarío, por ejemplo, a gasear el avión lleno de gente, y lo había denominado «un acto demencial de asesinato en masa».

Malik le había recordado: «Tu anterior gobierno mató a más de veinte millones de personas de tu propio pueblo desde vuestra revolución. El islam no ha matado a tantas personas desde los tiempos de Mahoma. No nos vengas con sermones, por favor. Nos queda un largo camino para igualar vuestros logros.»

Boris no había replicado.

Mientras conducía a lo largo de la 1-95, Jalil apartó de su mente estos pensamientos y volvió a pensar en Paul Grey. No había muerto tan bien como el valeroso general Waycliff y su valiente esposa. Sin embargo, no había muerto implorando que le perdonase la vida. Jalil pensó que quizá debería probar un método diferente con William Satherwaite. En Libia le habían dicho que el ex teniente Satherwaite había experimentado algunos infortunios en la vida, y Boris había dicho: «Si lo matamos, tal vez le hagamos un favor.» A lo que Jalil había replicado: «Ningún hombre quiere morir. Matarlo será para mí tan agradable como matar a los demás.»

Jalil miró el reloj del salpicadero. Eran las tres y cinco de la tarde. Miró su navegador por satélite. Pronto saldría de la 1-95 para tomar una carretera llamada ALT 17 que lo llevaría directamente al lugar llamado Moncks Corner.

Sus pensamientos volvieron nuevamente a los acontecimientos de la mañana. El trato con la mujer piloto había producido en él un efecto perturbador, pero no podía comprender muy bien qué había causado semejante indecisión y confusión. Había buenas razones para matarla, y buenas razones para no matarla. Recordó que ella le había dicho a la mujer del mostrador: «Me ocuparé del Piper a la vuelta.»

De modo que, si no hubiera vuelto, la estarían buscando, y lo estarían buscando a él también. A menos, naturalmente, que la mujer del mostrador pensara que la piloto y su cliente habían decidido… estar juntos. Sí, pudo ver ese pensamiento en la cara de la mujer y en su forma de comportarse. Pero al final podría acabar preocupándose y llamando a la policía. De modo que quizá había sido mejor no matar a la piloto.

Mientras conducía, una visión de la piloto llenó su mente, y la vio sonriendo, hablando con él, ayudándolo a subir al avión… tocándolo. Estos pensamientos continuaron ocupando su mente, aunque trataba de librarse de su imagen. Encontró en el bolsillo su tarjeta profesional y la miró. Tenía su teléfono particular escrito a mano encima del número comercial de Aviación Alpha. Volvió a guardarse la tarjeta.

En el último momento vio la salida que debía tomar y se desvió al carril derecho. Luego tomó la rampa de salida a la ALT 17.

Se encontró en una carretera de dos carriles, muy diferente de la Interestatal. Había casas y granjas a ambos lados, pequeños pueblos, surtidores de gasolina y bosques de pinos. A petición de Jalil, un compatriota había hecho aquel mismo camino unos meses atrás, y había informado: «Ésta es la carretera más peligrosa, debido a los conductores, que están locos, y a la policía, que tiene motocicletas y vigila el paso de todo el mundo.»

Jalil tenía en cuenta esta observación y procuró conducir de modo que no llamase la atención. Atravesó varios pueblos y en dos de ellos vio un coche y una moto de la policía.

Pero había poca distancia hasta su destino -sesenta kilómetros, o cuarenta millas- y antes de una hora se aproximaba ya a la ciudad de Moncks Corner.

Bill Satherwaite estaba sentado con los pies encima de la abarrotada mesa en un pequeño edificio de cemento en el aeropuerto del condado de Berkeley, en Moncks Corner, Carolina del Sur. Tenía un mugriento teléfono encajado entre la oreja y el hombro y escuchaba por él la voz de Jim McCoy. Satherwaite miró el anémico acondicionador de aire sujeto a la pared. El ventilador tableteaba, y un leve chorro de aire frío salía por la rejilla. Estaban todavía en abril, y ya había casi treinta y dos grados en el exterior. Maldito horno.

– ¿Has tenido noticias de Paul? -preguntó Jim McCoy-. Iba a llamarte.

– No -respondió Satherwaite-. Siento no haber podido participar en la conferencia telefónica del sábado. Tuve un día muy ajetreado.

– No importa -dijo McCoy-. Sólo llamaba para ver cómo te va.

– Estupendamente.

Satherwaite miró el cajón de la mesa en que tenía apoyados los pies. Sabía que allí había una botella casi llena de Jack Daniels. Miró el reloj de pared: las cuatro y diez de la tarde. En algún lugar del mundo eran más de las cinco; buena hora para tomar un trago, salvo que el cliente que le iba a alquilar el avión tenía que estar allí para las cuatro.

– ¿Te dije que fui a ver a Paul hace unos meses?

– Sí.

– Sí, claro. Deberías ver cómo vive el tío. Casa grande, piscina, hangar, un Beech bimotor, aire acondicionado caliente y frío. -Se echó a reír y añadió-: Cuando vieron acercarse mi viejo Apache, me hicieron señales de que me largara. -Rió de nuevo.

McCoy aprovechó la oportunidad para decir:

– Paul estaba preocupado por el Apache.

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