Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día
El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día

Электронная книга - «El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día». Краткое содержание книги:

Músico, mendigo, ladrón, estudiante, mago, héroe y asesino. Kvothe es un personaje legendario, el héroe o el villano de miles de historias que circulan entre la gente. Todos le dan por muerto, cuando en realidad se ha ocultado con un nombre falso en una aldea perdida. Allí simplemente es el taciturno dueño de Roca de Guía, una posada en el camino. Hasta que hace un día un viajero llamado Cronista le reconoció y le suplicó que le revelase su historia, la auténtica, la que deshacía leyendas y rompía mitos, la que mostraba una verdad que sólo Kvothe conocía. A lo que finalmente Kvothe accedió, con una condición: había mucho que contar, y le llevaría tres días. Es la mañana del segundo día, y tres hombres se sientan a una mesa de Roca de Guía: un posadero de cabello rojo como una llama, su pupilo Bast y Cronista, que moja la pluma en el tintero y se prepara a transcribir…
El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.
1 ... 97 98 99 100 101 102 103 104 105 ... 302
Перейти на страницу:

Así pues, Ambrose no tenía ninguna relación con las acusaciones. Quienes presentaron los cargos ante los tribunales fueron un puñado de nobles influyentes de Imre. Sí, ellos conocían a Ambrose, desde luego, pero eso no era incriminatorio. Al fin y al cabo, Ambrose conocía a todas las personas con poder, sangre o dinero a ambos lados del río.

De modo que me presenté ante la ley del hierro. El proceso duró seis días, y fue una fuente de irritación y ansiedad extraordinarias. Interrumpió mis estudios y mi trabajo en la Factoría, y clavó el último clavo en el ataúd donde yo enterraba mis esperanzas de encontrar, algún día, un mecenas.

Lo que había empezado como una experiencia aterradora pronto se convirtió en un proceso tedioso cargado de pompa y ritual. Se leyeron en voz alta, confirmaron y copiaron en los archivos oficiales más de cuarenta cartas de testimonio. Había días dedicados por entero a largos discursos. Citas de la ley del hierro. Explicaciones del procedimiento. Fórmulas de tratamiento formales. Hombres ancianos que leían en libros antiguos.

Me defendí lo mejor que pude, primero en el tribunal de la Mancomunidad, y luego también en los tribunales eclesiásticos. Arwyl y Elxa Dal hablaron en mi defensa. O mejor dicho, escribieron cartas y luego las leyeron en voz alta ante el tribunal.

Al final me absolvieron de todas las acusaciones. Creí que quedaba vindicado. Creí que había ganado…

Pero en ciertos aspectos todavía era terriblemente ingenuo.

Capítulo 46

Interludio: un poco de música

Kvothe se levantó despacio y se desperezó un poco.

– Vamos a dejarlo aquí de momento -dijo-. Creo que hoy vendrá más gente de lo habitual a comer. Tengo que ver cómo está la sopa y preparar unas cuantas cosas. -Apuntó con la barbilla a Cronista-. Y creo que tú también.

Cronista permaneció sentado.

– Espera un momento -dijo-. ¿No piensas contarnos nada más de tu juicio en Imre? -Miró la hoja, consternado-. ¿Ya está?

– Sí, ya está -confirmó Kvothe-. La verdad es que no hay mucho que contar.

– Pero si eso fue lo primero que me explicaron cuando llegué a la Universidad -protestó Cronista-. Que aprendiste temán en un día. Que pronunciaste toda tu defensa en verso y que después te aplaudieron. Que…

– Muchas tonterías, imagino -dijo Kvothe con indiferencia mientras se dirigía hacia la barra-. Ya te he contado lo básico.

Cronista miró la hoja.

– Pues no te has entretenido mucho con los detalles.

– Si tanto te interesa un relato completo, puedes buscarlo en otro sitio -repuso Kvothe-. El juicio lo presenció muchísima gente. Ya existen dos crónicas escritas completas; no veo qué necesidad puede haber de añadir otra.

– ¿Cómo? ¿Ya has hablado de esto con otro historiador? -dijo Cronista, desconcertado.

Kvothe soltó una risotada.

– Pareces un enamorado despechado. -Empezó a sacar montones de cuencos y platos de debajo de la barra-. Te aseguro que eres el primero que oye mi historia.

– Acabas de decir que existen crónicas escritas -dijo Cronista. Abrió mucho los ojos-. ¿Insinúas que has escrito unas memorias? -La voz del escribano tenía un deje extraño que revelaba algo parecido al hambre.

Kvothe frunció el entrecejo.

– No, no es eso. -Dio un hondo suspiro-. Empecé a escribir algo parecido, pero abandoné el proyecto. No me pareció buena idea.

– ¿Empezaste a escribir tus memorias y llegaste hasta el juicio de Imre? -dijo Cronista sin apartar la vista de la hoja que tenía delante. Entonces cayó en la cuenta de que todavía sostenía la pluma sobre el papel. Desenroscó el plumín de latón y empezó a limpiarlo con un paño, con aire de inmensa irritación-. Si ya estaba todo escrito, ¿para qué tenerme aquí un día y medio hasta que se me agarrotan los dedos?

– ¿Qué? -dijo Kvothe, confuso, arrugando la frente.

Cronista frotaba enérgicamente el plumín con el paño; sus movimientos reflejaban la afrenta a su dignidad.

– Debí saberlo -dijo-. Todo encajaba demasiado bien. -Levantó la cabeza y fulminó a Kvothe con la mirada-. ¿Sabes cuánto me ha costado este papel? -Señaló con un brusco ademán la cartera que contenía las páginas ya llenas.

Kvothe se limitó a mirarlo fijamente; de pronto lo entendió y soltó una carcajada.

– Me has entendido mal. Abandoné las memorias al cabo de un par de días. Solo escribí unas pocas páginas. Ni eso.

La irritación desapareció del rostro de Cronista, que de pronto se mostró avergonzado.

– Ah.

– Sí, sí. Eres como un enamorado despechado -dijo Kvothe, risueño-. Dios mío, tranquilízate. Mi historia es virgen. Tus manos son las primeras que la tocan. -Negó con la cabeza-. Escribir una historia no es lo mismo que contarla. Por lo visto, yo no tengo ese don. El resultado era pésimo.

– Me gustaría ver lo que escribiste -dijo Cronista inclinándose hacia delante-. Aunque solo sean unas pocas páginas.

– Ha pasado mucho tiempo -dijo Kvothe-. No sé si me acuerdo de dónde las guardé.

– Están en tu habitación, Reshi -intervino Bast alegremente-. Encima de tu mesa.

Kvothe dio un hondo suspiro.

– Gracias, Bast. Intentaba ser cortés. La verdad es que esas páginas no contienen nada que valga la pena enseñarle a nadie. Si hubiera escrito algo que valiera la pena leer, habría seguido escribiendo. -Se metió en la cocina y se oyeron ruidos amortiguados provenientes de la despensa.

– Buen intento -dijo Bast en voz baja-. Pero es una causa perdida. Yo ya lo he intentado.

– No me des lecciones -dijo Cronista, molesto-. Sé muy bien qué hay que hacer para que alguien te cuente una historia.

Seguían oyéndose ruidos provenientes de la despensa: salpicaduras de agua, una puerta al cerrarse.

– ¿No deberías ir a ayudarlo? -preguntó Cronista a Bast.

Bast se encogió los hombros y se recostó más en la silla.

Al cabo de un momento, Kvothe salió de la despensa con una tabla de madera y un cuenco lleno de hortalizas recién lavadas.

– Me temo que sigo sin entenderlo -dijo Cronista-. ¿Cómo puede haber dos relatos escritos si no los escribiste tú mismo ni se los referiste a un historiador?

– Nunca te han llevado a juicio, ¿verdad? -dijo Kvothe con jovialidad-. Los tribunales de la Mancomunidad guardan unos archivos muy minuciosos, y la iglesia aún es más obsesiva. Si tanto te interesan los detalles, puedes indagar en los registros con las declaraciones y en los libros de actas, respectivamente.

– Quizá lo haga -dijo Cronista-. Pero tu relato del juicio…

– Sería demasiado tedioso -dijo Kvothe. Terminó de pelar las zanahorias y empezó a trocearlas-. Discursos formales, lecturas del Libro del camino interminables… Fue aburrido vivirlo, y repetirlo también sería aburrido.

Pasó las zanahorias cortadas de la tabla a un cuenco.

– Además, quizá llevemos demasiado tiempo en la Universidad -dijo-. Necesitamos tiempo para otras cosas. Cosas que nadie ha visto ni oído jamás.

– ¡No, Reshi! -saltó Bast, alarmado, enderezándose en la silla. Señaló la barra y, con tono quejumbroso, preguntó-: ¿Remolacha?

Kvothe miró el bulbo de color rojo oscuro que había puesto sobre la tabla como si le sorprendiera verlo allí.

– No pongas remolacha en la sopa, Reshi -dijo Bast-. Es horrible.

– A mucha gente le gusta la remolacha, Bast -dijo Kvothe-. Y es saludable. Es buena para la sangre.

– Odio la remolacha -dijo Bast lastimeramente.

– Bueno -repuso Kvothe con calma-, como el que prepara la sopa soy yo, puedo elegir los ingredientes.

1 ... 97 98 99 100 101 102 103 104 105 ... 302
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)