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El psicoanalista [The Analyst - es]

Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:

Feliz 53 cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte. Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya.- Así comienza el anónimo que recibe Fredrerick Starks, psicoanalista con una larga experiencia y una tranquila vida cotidiana. Starks tendrá que emplear toda su astucia y rapidez para, en quince días, averiguar quién es el autor de esa amenazadora misiva que promete hacerle la existencia imposible.
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– Sí.

– Y yo creí que podría tomar a ese niño y anular el peso de la injusticia. Contribuí a preparar el sistema que lo separaría de ese pasado terrorífico. Pensé que podría convertirlo en un miembro productivo de la sociedad. Ésa fue mi arrogancia, Ricky.

– ¿Y no pudo?

– No. Pero curiosamente engendré lealtad. Y quizá cierta clase de cariño. Es algo terrible y aun así fascinante, ser amado y respetado por un hombre dedicado al mal. Y así es Rumplestiltskin. Es un profesional. Un asesino consumado. Provisto de la mejor educación que podía darle. Exeter. Harvard. La facultad de derecho de Columbia. Además de un breve período en el ejército para una formación adicional. ¿Sabes lo curioso de todo esto, Ricky?

– Dígamelo.

– Su trabajo no es tan diferente del nuestro. La gente con problemas va a verlo. Le pagan bien por solucionarlos. El paciente que llega a nuestro diván está desesperado por desahogarse, lo mismo que sus clientes. Sus medios son, bueno, más inmediatos que los nuestros. Pero menos profundos.

Ricky respiraba con dificultad. Lewis sacudió la cabeza.

– ¿Y sabes qué más, Ricky? Aparte de ser muy rico, ¿sabes qué otra cualidad posee?

– ¿Cuál?

– Es implacable. -El viejo analista suspiró antes de añadir-:

Aunque quizá ya lo has comprobado. Esperó años mientras se preparaba y después persiguió a todos los que hubiesen hecho daño a su madre alguna vez y los destruyó del mismo modo que ellos hicieron con ella. En cierto sentido, supongo que podría considerarse conmovedor. El amor de un hijo. El legado de una madre. ¿Hizo mal, Ricky, por haber castigado a todas esas personas que arruinaron por malicia o por ignorancia la vida de esa mujer que se vio obligada a dejar desamparados a tres niños pequeños y necesitados en el más cruel de los mundos? Yo no lo creo, Ricky.

En absoluto. Pero si hasta los políticos más necios no cesan de decir que vivimos en una sociedad que elude las responsabilidades. ¿No es la venganza limitarse a aceptar las deudas de uno y pagarlas de otro modo? La gente que él eligió merecía un castigo. Eran personas que, como tú, habían ignorado a alguien que suplicaba ayuda.

Eso es lo que falla en nuestra profesión, Ricky. A veces queremos explicar tantas cosas, cuando la respuesta real se encuentra en una de esas…

Señaló el arma de Ricky.

– Pero ¿por qué yo? Yo no…

– Claro que sí. Fue a pedirte ayuda, desesperada, pero tú estabas demasiado ocupado decidiendo el rumbo de tu carrera y no pudiste prestarle atención y la ayuda que necesitaba. Desde luego, Ricky, una paciente que se suicida cuando la estás tratando, aunque sólo haya sido unas pocas sesiones… ¿No sientes ningún remordimiento? ¿Ninguna sensación de culpa? ¿No mereces pagar algún precio? ¿Cómo puedes ignorar que la venganza implica tanta responsabilidad como cualquier otro acto humano?

Ricky no contestó. Pasado un momento, preguntó:

– ¿Cuándo supo…?

– ¿Tu relación con mi experimento adoptado? Hacia el final de tu análisis, Y decidí ver cómo terminaría con el paso de los años.

Ricky sintió que su rabia se mezclaba con el sudor. Tenía la boca seca.

– Pero cuando fue a por mí, usted podría haberme advertido.

– ¿Traicionar a mi hijo adoptado por un ex paciente? ¿Que ni siquiera era mi favorito, además? -Estas palabras le dolieron mucho a Ricky. Aquel anciano era tan malvado como el niño que había adoptado. Quizá peor aún-. Lo consideré un acto de justicia. -El viejo analista rió en voz alta-. Pero no sabes ni la mitad, Ricky.

– ¿Cuál es la otra mitad?

– Creo que tendrás que descubrirlo por ti mismo.

– ¿Y los otros dos?

– El hombre que conoces como Merlin es abogado de verdad, y muy bueno. La mujer que conoces como Virgil es una actriz bastante prometedora. Sobre todo ahora que ya casi han acabado de atar los cabos sueltos de sus vidas. Lo otro que deberías saber es que ambos creen que fue su hermano mayor, el hombre al que tú conoces como Rumplestiltskin, quien les salvó la vida, no yo, aunque contribuí a su salvación. No; fue él quien los mantuvo juntos, quien evitó que quedaran desamparados, quien se ocupó de que estudiasen y sacaran buenas notas para después tener éxito en la vida. Hay algo que tienes que entender, aunque sea lo único: le profesan devoción. Son leales por completo al hombre que te matará. Que ya te mató una vez y que volverá a hacerlo. ¿No te parece fascinante desde el punto de vista psiquiátrico? Un hombre sin escrúpulos que genera una devoción ciega y absoluta. Un psicópata que te matará con la misma despreocupación con que podrías aplastar una araña que se cruzara en tu camino. Pero que es amado y que ama a su vez. Pero sólo los ama a ellos dos. A nadie mas. Excepto, quizás, un poquito a mí, porque le rescaté y le ayudé. Así que a lo mejor me he ganado el cariño de alguien muy leal.

Es importante que lo recuerdes, Ricky, porque tienes muy pocas probabilidades de sobrevivir ante Rumplestiltskin.

– ¿Quién es?

Cada palabra que decía el viejo analista parecía ennegrecer el mundo que lo rodeaba.

– ¿Quieres su nombre? ¿Su dirección? ¿El lugar donde trabaja?

– Sí.

Ricky apuntó al anciano.

Lewis sacudió la cabeza.

– Como en el cuento, ¿verdad? El emisario de la princesa oye cómo el enano saltarín que danza en torno a la hoguera repite su nombre. La reina no hace nada inteligente ni sabio, ni siquiera refinado. Sólo tiene suerte, y cuando él le hace la tercera pregunta, sabe ¡a respuesta gracias a una suerte ciega y tonta, de modo que sobrevive, conserva a su hijo primogénito y vive feliz el resto de su vida. ¿Crees que ocurrirá lo mismo? ¿La suerte que te ha permitido llegar aquí y blandir un arma frente a un viejo te servirá para ganar el juego?

– Dígame su nombre -ordenó Ricky con voz fría e implacable-. Quiero todos sus nombres.

– ¿Por qué crees que todavía no los sabes?

– Estoy cansado de tantos juegos.

– La vida no es más que eso -indicó el viejo analista-. Un juego tras otro. Y la muerte es el mayor juego de todos.

Los dos se miraron a través de la habitación.

– Me pregunto cuánto tiempo nos quedará -dijo Lewis con cautela, pronunciando las palabras una a una, tras alzar los ojos un momento hacia el reloj de pared.

– El suficiente -contestó Ricky.

– ¿De verdad? El tiempo es elástico, ¿no? Los momentos pueden durar una eternidad o evaporarse enseguida. El tiempo depende en realidad de nuestra visión del mundo. ¿No es eso algo que aprendemos en el análisis?

– Sí. Es cierto.

– Y esta noche hay muchos interrogantes sobre el tiempo, ¿no?

Estarnos aquí, solos en esta casa. Pero ¿por cuánto tiempo? Sabiendo como sabía que venías hacia acá, ¿no crees que tomé la precaución de pedir ayuda? ¿Cuánto faltará para que llegue?

– Lo suficiente.

– Ah, yo no estaría tan seguro. -El anciano sonrió de nuevo-.

Pero quizá deberíamos complicarlo un poco.

– ¿Cómo?

– Supongamos que te dijera que la información que buscas se encuentra en algún lugar de esta habitación. ¿Podrías encontrarla a tiempo? ¿Antes de que vengan a rescatarme?

– Ya se lo dije: estoy harto de juegos.

– Está a la vista. Y te has acercado más de lo que te imaginarías. Ya está. Se acabaron las pistas.

– No Jugaré.

– Bueno, creo que te equivocas. Tendrás que jugar un poco más porque esta partida no ha terminado. -Lewis levantó de golpe las manos y añadió-: Tengo que sacar algo del cajón superior de la mesa. Es algo que cambiará la forma en que está discurriendo el juego. Algo que querrás ver. ¿Puedo?

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