La Isla Bajo El Mar
- Автор: Альенде Исабель
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Isla Bajo El Mar». Краткое содержание книги:
Esta es la historia de Zarité, una muchacha mulata que a los nueve años es vendida como esclava al francés Valmorain, dueño de una de las más importantes plantaciones de azúcar de la isla de Santo Domingo. A lo largo de la novela viviremos cuarenta años de la vida de Zarité y lo que representó la explotación de esclavos en la isla en el siglo XVIII, sus condiciones de vida y cómo lucharon para conseguir la libertad. Pese a verse obligada a vivir en el ambiente sórdido de la casa del amo y verse forzada a acostarse con él, nunca se sentirá sola. Una serie de personajes de lo más variopinto apoyarán a nuestra protagonista para seguir adelante hasta conseguir la libertad para las futuras generaciones. Mujeres peculiares como Violette, que se dedica a la prostitución o Loula, la mujer que organiza su negocio; Tante Rose, la curandera, Celestine o Tante Matilde, la cocinera de la plantación: personajes con este punto de magia que dan un ambiente y un color especial a la novela. Los amos desprecian y maltratan a los esclavos. Estos a su vez organizan rebeliones, una de las cuales provoca un incendio en la plantación. Valmorain huye de la mano de Zarité. Ella ha criado a Maurice, hijo de Valmorain que crece junto a Rosette la propia hija de Zarité y su amo. Como esclava, también estará al servicio de las dos esposas de Valmorain: dos personajes totalmente distintos pero muy bien caracterizados por la autora. Conforme avanza la novela nuestro personaje alcanza la dignidad que le corresponde. Vivirá su propia historia de amor y conseguirá la libertad.
Isabel Allende le da voz a una luchadora que saldrá adelante en la vida sin importar las trampas que el destino le tiende.
– Queremos casarnos, mon père- anunció Maurice.
– Pero existe el pequeño detalle de la raza ¿no es así? -sonrió el fraile.
– Sabemos que la ley… -continuó Maurice.
– ¿Han cometido el pecado de la carne? -lo interrumpió el Père Antoine.
– ¡Cómo puede creer eso, mon père! Le doy mi palabra de caballero que la virtud de Rosette y mi honor están intactos -proclamó Maurice, azorado.
– ¡Qué lástima, hijos! Si Rosette hubiera perdido su virginidad y tú desearas reparar el daño perpetrado, yo estaría obligado a casaros para salvaros el alma -les explicó el santo.
Entonces Rosette habló por primera vez desde el baile del Cordon Bleu.
– Eso se arregla esta misma noche, mon père. Haga cuenta que ya ha sucedido. Y ahora por favor sálvenos el alma -dijo, con la cara roja y el tono decidido.
El santo poseía una admirable flexibilidad para sortear las reglas que consideraba inconvenientes. Con la misma imprudencia infantil con que desafiaba a la Iglesia, solía quitarle el cuerpo a la ley, y hasta ese momento ninguna autoridad religiosa o civil se había atrevido a llamarle la atención. Sacó una navaja de barbero de una caja, remojó la hoja en su vaso de vino y les ordenó a los enamorados alzarse las mangas y presentarle un brazo. Sin vacilar le hizo un tajito en la muñeca a Maurice con la destreza de quien ha realizado esa operación varias veces. Maurice lanzó una exclamación y se chupó el corte, mientras Rosette apretaba los labios y cerraba los ojos con la mano estirada. Después el fraile les juntó los brazos, frotando la sangre de Rosette en la pequeña herida de Maurice.
– La sangre siempre es roja, como veis, pero si alguien pregunta, ahora puedes decir que tienes sangre negra, Maurice. Así la boda será legal -aclaró el fraile, limpiando la navaja en su manga, mientras Tété desgarraba su pañuelo para vendarles las muñecas.
– Vamos a la iglesia. Le pediremos a la hermana Lucie que haga de testigo en este casorio -dijo el Père Antoine.
– Un momento, mon père -lo detuvo Tété-. No hemos resuelto el que estos muchachos son medio hermanos.
– ¡Pero qué dices, hija! -exclamó el santo.
– Usted conoce la historia de Rosette, mon père. Le conté que monsieur Toulouse Valmorain era su padre y usted sabe que también es el padre de Maurice.
– No me acordaba. Me falla la memoria. -El Père Antoine se dejó caer en una silla, derrotado-. No puedo casar a estos chicos, Tété. Una cosa es burlar la ley humana, que suele ser absurda, pero otra es burlar la ley de Dios…
Salieron cabizbajos de la casita del Père Antoine. Rosette trataba de contener el llanto y Maurice, descompuesto, la sostenía por la cintura. «¡Cómo quisiera ayudaros, muchachos! Pero no está en mi poder hacerlo. Nadie puede casaros en esta tierra», fue la triste despedida del santo. Mientras los enamorados arrastraban los pies, desconsolados, Tété caminaba dos pasos más atrás, pensando en el hincapié que el Père Antoine había puesto en la última palabra. Tal vez no hubo énfasis, sino que ella se confundió con el acento golpeado con que el santo español hablaba el francés, pero la frase le pareció rebuscada y volvía a oírla como un eco de sus pies desnudos golpeando los adoquines de la plaza, hasta que de tanto repetirla en silencio creyó entender un significado en clave. Cambió de dirección para encaminarse a Chez Fleur.
Anduvieron casi una hora y cuando llegaron a la discreta puerta de la casa de juego vieron una fila de cargadores con fardos de provisiones, vigilados por Fleur Hirondelle, quien anotaba cada bulto en su libro de contabilidad. La mujer los recibió cariñosa, como siempre, pero no podía atenderlos y les indicó que fueran al salón. Maurice se dio cuenta de que era un sitio de dudosa reputación y le pareció pintoresco que su maman, siempre tan preocupada por la decencia, se hallara allí como en su propia casa. A esa hora, en la luz cruel del día, con las mesas vacías, sin clientes, cocottes ni músicos. sin el humo, el ruido y el olor de perfume y licor, el salón parecía un teatro pobre.
– ¿Qué estamos haciendo aquí? -preguntó Maurice en tono de funeral.
– Esperando que nos cambie la suerte, hijo -dijo Tété.
Momentos más tarde apareció Zacharie en ropa de trabajo y con las manos sucias, sorprendido por la visita. Ya no era el hombre guapo de antes, tenía la cara como una máscara de carnaval. Así le había quedado después del asalto. Era de noche y lo golpearon a mansalva, no alcanzó a ver a los hombres que se le fueron encima con garrotes, pero como no le robaron el dinero ni el bastón con mango de marfil, supo que no eran bandidos de El Pantano. Tété le había advertido más de una vez que su figura demasiado elegante y su largueza con el dinero ofendían a algunos blancos. Lo encontraron a tiempo, tirado en una acequia, molido a golpes y con la cara destrozada. El doctor Parmentier lo compuso con tanto cuidado que logró ponerle los huesos en su sitio y salvarle un ojo y Tété lo alimentó con un tubito hasta que pudo mascar. Esa desgracia no cambió su actitud triunfadora, pero lo hizo más prudente y ahora siempre andaba armado.
– ¿Qué puedo ofreceros? ¿Ron? ¿Jugo de fruta para la niña? -sonrió Zacharie con su nueva sonrisa de mandíbula torcida.
– Un capitán es como un rey, puede hacer lo que quiere en su barco, incluso ahorcar a alguien. ¿No es cierto? -le preguntó
– Sólo cuando está navegando -aclaró Zacharie, limpiándose con un trapo.
– ¿Conoces a alguno?
– A varios. Sin ir más lejos, Fleur Hirondelle y yo estamos asociados con Romeiro Toledano, un portugués que tiene una goleta.
– ¿Asociados para qué, Zacharie?
– Digamos que para importación y transporte.
– Nunca me mencionaste a ese tal Toledano. ¿Es de confianza?
– Depende. Para unas cosas, sí; para otras, no.
– ¿Dónde puedo hablar con él?
– En este momento la goleta está en el puerto. Seguramente vendrá esta noche para tomar unos tragos y jugar unas manos. ¿Qué es lo que quieres, mujer?
– Necesito un capitán que case a Maurice y Rosette -le ordenó Tété, ante el asombro de los dos interesados.
– ¿Cómo me pides eso, Zarité?
– Porque nadie más lo haría, Zacharie. Y tiene que ser ahora mismo, porque Maurice se irá a Boston en un barco que sale pasado mañana.
– La goleta está en el puerto, donde mandan las autoridades de tierra.
– ¿Puedes pedirle a Toledano que suelte las amarras, dirija su barco unas millas mar adentro y case a estos niños?
De ese modo, cuatro horas más tarde, a bordo de una baqueteada goleta con bandera española, el capitán Romeiro Toledano, un hombrecillo que medía menos de siete palmos, pero que compensaba la indignidad de su menguada talla con una barba negra que apenas dejaba los ojos a la vista, casó a Rosette Sedella y Maurice. Fueron testigos Zacharie, con traje de gala pero todavía con las uñas sucias, y Fleur Hirondelle, que para la ocasión se puso una casaca de seda y un collar de dientes de oso. Mientras Zarité se secaba las lágrimas, Maurice se quitó la medalla de oro de su madre, que siempre usaba, y se la puso al cuello a Rosette. Fleur Hirondelle distribuyó copas de champán y Zacharie hizo un brindis por «esta pareja que simboliza el futuro, cuando las razas estarán mezcladas y todos los seres humanos serán libres e iguales ante la ley». Maurice, que le había oído a menudo las mismas palabras al profesor Cobb y se había puesto muy sentimental con el tifus, soltó un largo y profundo sollozo.
Dos noches de amor
A falta de otro lugar, los recién casados pasaron el único día y las dos noches de amor que tuvieron en el estrecho camarote de la goleta de Romeiro Toledano, sin sospechar que en un compartimiento secreto debajo del piso había un esclavo agazapado, que podía oírlos. La embarcación era la primera etapa del peligroso viaje a la libertad de muchos fugitivos. Zacharie y Fleur Hirondelle creían que la esclavitud iba a terminar pronto y entretanto ayudaban a los más desesperados que no podían esperar hasta entonces.