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Электронная книга - «Tres Hermanos». Краткое содержание книги:

Ness, Joel y Toby afrontan un nuevo cambio en sus vidas. Su excéntrica abuela, dispuesta a eludir sus responsabilidades, decide abandonarlos frente a la puerta de la casa de su hija, la tía de los niños, que vive en la periferia marginal de Londres. La vida de los tres hermanos no ha sido fácil hasta ese momento, y no lo será a partir de ahora. Ness es una adolescente desagradable que juguetea con las drogas y con la delincuencia. El más pequeño, Toby, es un niño con problemas de aprendizaje y que vive anclado en la dependencia que siente por su hermano Joel, un poco mayor que él y que parece asumir la responsabilidad de mantener unida a su extraña familia. Tal ambiente, como prueba la autora del libro, enmarca el camino que se ha de desandar para hallar el origen del mal, para encontrar el principio casi invisible de sucesos terribles que un día coparán las primeras páginas de los periódicos. En su momento, el asesinato de Helen Lynley ocupará la atención de todos, pero ¿cuál fue el verdadero origen del crimen?
La presente novela, desde un planteamiento original y arriesgado que la autora resuelve con maestría, propone la «deconstrucción» de un asesinato. Elizabeth George plantea que al revés no interesa tanto qué pasará tras el asesinato, pues éste es el punto final del libro; lo que se ha de buscar es el origen, lo que se ha de averiguar es aquello que provocó que alguien disparara a una mujer de buena posición en un callejón de un barrio de Londres. Ahí, en el principio, se esconde siempre la explicación del trauma que arrastra el inspector Lynley, protagonista de la serie.
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– ¿Qué clase de curso deseas hacer? -le preguntó Majidah.

Ness no quería decírselo. Tenía la sensación de que tendría que admitir demasiado si revelaba que eran los sombreros lo que le interesaba. Creía que estaría admitiendo todo lo que había cambiado en su vida, pero seguía sin reconocer y necesitaba que continuara así.

– ¿No se suponía que tenía que encontrar una carrera? -preguntó Ness en lugar de responder-. ¿No se suponía que tenía que intentar hacer algo con mi vida?

– Lo que oigo es amargura -dijo Majidah-. Así que debes decirme qué te aporta de bueno la amargura. Ves la vida como una cadena de decepciones. Por eso también eres incapaz de ver que cuando una puerta se cierra, otra se abre.

– Bien. Lo que tú digas. -Ness se levantó-. ¿Puedo irme?

– Escúchame antes de irte, Vanessa -dijo Majidah-, porque esto te lo digo como amiga. Si te revuelves en la jungla de la ira y la decepción, como hacen muchos otros, serás incapaz de ver las oportunidades que Dios te brindará. La ira y la decepción nos ciegan, querida. Y si no, nos distraen. Hacen que nos resulte imposible mantener los ojos abiertos, ya que cuando nos ponemos furiosos, cerramos los ojos y, por lo tanto, no podemos ver todo lo que nos rodea. Si, de lo contrario, aceptamos lo que nos ofrece el momento presente, si simplemente seguimos avanzando, haciendo la tarea que tengamos delante entonces dispondremos de la serenidad necesaria para observar. Observar es la forma de reconocer el siguiente paso que debemos dar.

– ¿De verdad? -preguntó Ness, y su tono presagiaba las siguientes palabras que pronunció-. ¿A ti te ha funcionado eso, Majidah? ¿La vida te dijo que no podías ser ingeniera aeronáutica, así que mantuviste los ojos abiertos, seguiste avanzando y acabaste aquí?

– He acabado contigo -dijo Majidah-. Para mí, esto forma parte del plan de Dios.

– Creía que vosotros lo llamabais Alá -dijo Ness con desdén.

– Alá. Dios. Señor. Destino. Karma. Quien sea. Lo que sea. Es todo lo mismo, Vanessa. -Majidah guardó silencio un momento, observando, igual que había hecho durante los meses que Vanessa Campbell llevaba trabajando en el centro infantil. Quería enseñarle las lecciones que ella misma había aprendido de una vida difícil. Quería decirle a Ness que lo importante no son las circunstancias de la vida de uno, sino lo que uno hace con esas circunstancias: las elecciones, los resultados y lo que se aprende de esos resultados. Pero no se lo dijo, pues sabía que el estado actual de Ness le impediría escuchar. Así que le dijo-: Estás en un momento crucial, querida. Te pregunto: ¿qué piensas hacer con toda esa amargura?

* * *

Después de entregarle la navaja automática a Cal, a Joel no le quedó más remedio que esperar a tener noticias del Cuchilla. Mientras tanto, los días se transformaron en semanas y él las pasó mirando vigilante a su alrededor y también alrededor de Toby. Buscaban lugares a salvo de Neal Wyatt cuando salían. Caminaban deprisa y continuaban practicando esconderse de los cazadores de cabezas siguiendo las órdenes de Joel.

Se encontraban en el puente por el que Great Western Road cruza el canal cuando las cosas cambiaron. Habían ido a observar una embarcación estrecha de colores alegres que navegaba hacia el este en dirección a Regent's Park. Toby charlaba sobre la posibilidad de que en la barca hubiera piratas -un tema que su hermano sólo escuchaba vagamente- cuando Joel vislumbró una figura que se acercaba a ellos por la acera, procedente de Harrow Road.

Joel la reconoció: era Greve, el secuaz número uno de Neal Wyatt. Automáticamente, Joel miró a su alrededor buscando a Neal y a otros miembros de la banda. No había ninguno cerca, lo que provocó que al chico se le erizara el vello de la nuca.

– Baja a esa barcaza -le dijo a Toby-. Hazlo ya, Tobe. No salgas pase lo que pase, hasta que me oigas llamarte, ¿entendido?

Toby no lo entendía. Pensó, teniendo en cuenta el tema del que habían estado hablando, que Joel se refería a la embarcación estrecha, que en ese momento en concreto estaba debajo de ellos con un hombre de barba al timón y una mujer regando unas plantas exuberantes en la popa.

– Pero ¿adónde van? -dijo-. Porque no quiero ir a menos que…

– La barcaza -dijo Joel-. Los cazadores de cabezas, Tobe. ¿Entiendes? No salgas hasta que te lo diga. ¿Me oyes?

Toby lo captó a la segunda. Salió corriendo hacia la escalera de metal y la bajó deprisa. Cuando Greve llegó al puente, Toby ya se dirigía a la barcaza abandonada, que se meció en el agua mientras el niño accedía al escondite entre los maderos desechados.

Greve se reunió con Joel en la barandilla. Miró abajo, al agua, y luego a él con una sonrisita. Joel creyó que buscaba bronca, pero cuando Greve habló, simplemente le transmitió un mensaje. Neal Wyatt quería una reunión. Si Joel estaba interesado, podía verse con Neal en el campo de fútbol hundido dentro de diez minutos. Si no estaba interesado, las cosas podían seguir como hasta ahora.

– A él le da igual. -Así fue como lo expresó Greve, con una indiferencia que implicaba que aquello no había sido idea de Neal.

Eso lo decía todo. A Joel le pareció que el Cuchilla se había adelantado a la petición que quería hacerle y no le sorprendió. El hombre ya había demostrado en más de una ocasión que sabía qué sucedía en el barrio. En parte, su poder venía de ahí.

Joel pensó en el tiempo: diez minutos y luego la reunión que quizá duraría diez más. Pensó en Toby: en que estuviera en la barcaza tanto rato. No quería llevarse a su hermano pequeño a hablar con Neal, pero tampoco quería arriesgarse a que Toby se descubriera a sus enemigos si aquello era un truco. Miró a su alrededor para ver si había alguien merodeando en algún portal cercano. Pero sólo estaba Greve, que dijo con impaciencia:

– ¿Qué decides, tío?

Joel dijo que se reuniría con Neal. Diez minutos. Iría al campo de fútbol y sería mejor que Neal apareciera.

Greve volvió a sonreír. Se marchó del puente y volvió por donde había venido.

Cuando lo perdió de vista, Joel bajó corriendo las escaleras y se acercó a la barcaza abandonada.

– Tobe -dijo en voz baja-. No salgas. ¿Me oyes? -Esperó hasta que la voz incorpórea le respondió susurrando. Luego dijo-: Volveré. No salgas hasta que me oigas llamarte. Tampoco te asustes. Tengo que ir a hablar con alguien. ¿De acuerdo?

– De acuerdo -respondió un susurro que liberaba a Joel de montar guardia.

Después de echar otro vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie le había visto hablando a la barcaza, se puso en marcha.

Cruzó Meanwhile Gardens y subió Elkstone Road. Cuando llegó al campo, vio que el ayuntamiento había pintado encima de la obra de los grafiteros locales -algo que la Administración hacía una vez al año-, con lo que les proporcionaba sin querer un lienzo nuevo en el que trabajar. Habían colgado un cartel, con la amenaza de procesar a quien pintarrajeara la propiedad pública. Este cartel ya estaba marcado con pintura roja y negra con el apodo «ARK» escrito en letras gruesas. Joel dio la vuelta hacia la verja abierta en el otro extremo del campo y bajó las escaleras. Neal aún no había llegado.

Joel estaba nervioso por reunirse con el otro chico en un lugar así. Una vez dentro, con la pista a unos dos metros y medio por debajo del nivel de la calle, no se podía ver a nadie a menos que la persona estuviera en el centro o que los transeúntes que pasaran -que eran pocos debido al lluvioso tiempo otoñal- hicieran el esfuerzo de mirar por la alambrada.

A Joel le pareció que hacía un frío poco corriente. Cuando caminó hacia el centro del campo, notó como si una niebla húmeda se levantara del suelo y se acomodara alrededor de sus piernas. Dio unos golpes en la cancha con los pies y se puso las manos debajo de las axilas. En esta época del año, había mucha menos luz y la que había estaba desapareciendo deprisa. Las sombras proyectadas por los muros de contención se adentraron más y más en el campo, arrastrándose entre los hierbajos que crecían en las grietas del asfalto.

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