Crónica del rey pasmado
- Автор: Ballester Gonzalo Torrente
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Crónica del rey pasmado». Краткое содержание книги:
El revuelo que ello provoca en Palacio no es poco, aun siendo la reina quién es, o lo que es lo mismo, su propia esposa, pues que los reyes en su lecho quieran verse desnudos, o en pelota picada, no es que no sea asunto privado, es que no lo es, y además, es asunto de Estado.
El reino entero se pone en vilo y el Santo Tribunal de la Santa Inquisición convoca urgente reunión para decidir qué es lo que se debe hacer al respecto, si permitir que semejante disparate (pecado mortal) se lleve a cabo o no, pues sabido es por todos que los pecados del rey los paga el pueblo entero y teniendo en cuenta los avatares históricos que por el momento azuzan España, a saber, el posible desembarco de oro en Cádiz para pagar deudas con los genoveses y la inminente batalla en Flandes que hace peligrar la supremacía del reino español en el mundo… digamos que el horno no estaba para magdalenas.
El suceso es digno de ser recordado, para tal efecto se escribe la crónica de todo cuanto sucede aquellos días en Palacio y en la Corte, sin pasar por alto ni el más mínimo detalle ni cuanto personaje aporte, aun siendo poco, vida a esta historia.
Delirante trama que Torrente Ballester nos regala en esta?Crónica del rey pasmado?, tan ingeniosa y divertida que dos años más tarde de ser publicado el libro, en 1991, el cineasta Imanol Uribe decide llevarla a la gran pantalla.
Un libro divertido, asombroso, descripción tremenda de aquella España del siglo XVII, España de Inquisiciones, comedias, glorias, poetas, de moralistas de medio pelo y fanáticos de tres al cuarto.
– Es de esos hombres que hablan, gritan, agitan, amenazan, todo en nombre de la doctrina más pura, pero jamás se atreven a mirarse al interior. ¿Le ha escuchado alguna vez referirse al Evangelio? ¿Cree Vuestra Excelencia que tiene la menor noción de la caridad? El padre Villaescusa cree en todo lo que cree la Santa Madre Iglesia, pero, sobre todo, cree en la Iglesia, a la cual pertenece y a la cual encarga de que crea por él; dentro de la cual espera medrar y, sobre todo, mandar. Sospecha que nunca llegará a ser Papa, pero no descarta ocupar alguna vez ese sitial que Vuestra Excelencia ocupa, aunque sólo sea para ordenar un auto de fe y morirse después. Es casi seguro que, entonces, la muerte no le asustaría y que la recibiría con el placer de quien alcanzó en el mundo todo lo deseado.
El Gran Inquisidor no le respondió inmediatamente.
– Padre Almeida, para quien ha vivido tanto tiempo en medio de salvajes, manifiesta usted un buen conocimiento de los hombres civilizados.
– Precisamente porque alcancé ese conocimiento fue por lo que preferí vivir entre los indios. No creerían en nuestro Dios, pero creían de verdad en los suyos.
Sonó una campanilla de plata anunciando que el descanso había terminado. Ingresaron en la sala por el mismo orden en que habían salido, y ocuparon sus sitiales. El Gran Inquisidor concedió la palabra al padre Villaescusa.
– Reverendos padres, tres son las cuestiones que nos han congregado en esta sesión solemne: descartada _ya la primera, cuya solución acato por obediencia, aunque convencido de que, en esa comisión encargada de resolverla, habrá ocasión de oír mi voz, paso a plantear la segunda: Su Majestad el Rey ha manifestado, dando con ello pruebas de una desvergüenza que sólo puede tolerarse por ser regia, su deseo de ver a la Reina desnuda. Las leyes de Dios se oponen: las del reino también, o, al menos, nuestras inveteradas costumbres y protocolos que tienen fuerza de ley. ¿Cuál es la opinión de Vuestras Paternidades?
Le respondió un silencio, roto finalmente por el padre Almeida, alguien admitió en su conciencia que inevitablemente.
– Pienso que por tratarse de una cuestión personal, excede a nuestra incumbencia, a no ser que el padre Villaescusa demuestre lo contrario.
– Para demostrarlo -respondió el capuchino, con un punto de exaltación templada por la seguridad con que hablaba- no tengo más que enunciar la tercera cuestión, hondamente relacionada con la segunda y también con la primera: el Señor que todo lo puede, premiador de buenos y castigador de malos, hace extensiva a los reinos de España su indignación por los pecados del Rey. El pueblo lo sabe, y anda temeroso de sufrir un castigo por los males que no hizo. En este momento, se espera una gran batalla en los Países Bajos, decisiva para nuestras armas, y la Flota de Indias se acerca a nuestras costas. Es lógico que Dios nos castigue haciéndonos perder la batalla y dejando que la flota la asalten y roben los corsarios ingleses.
– No veo la lógica por ninguna parte.
Un frío medular sacudió los huesos de los presentes, salvo los del Gran Inquisidor, que atendía al debate con disimulado regocijo.
– Entonces, padre, ¿usted no cree que Dios castiga a los pueblos por los pecados de los Reyes?
– Más bien creo que Dios castiga a los pueblos por su estupidez y la de sus gobernantes, y les ayuda cuando éstos no son estúpidos. Ruego a Vuesa Paternidad que considere el estado de los grandes países nuestros vecinos. Inglaterra es ya una gran potencia, dueña del mar; lo es también, aunque sólo de la tierra, Francia; no lo es ya el Gran Turco, modelo de desgobierno. De la difunta reina de Inglaterra, que llevó a su país a la prosperidad, no tenemos informes muy favorables acerca de sus costumbres, menos aún de su fe. El cardenal que gobierna en Francia tampoco es un ejemplo de virtudes personales, pero parece inteligente y enérgico. De modo que su teoría hay que aplicarla únicamente a España.
– No tengo inconveniente, padre, en aceptar su respuesta, a condición de que sustituya a Dios por el Diablo.
– ¿Una protección más fuerte que la de Dios, o una inhibición de Dios en beneficio del Diablo?
– No estoy en los secretos de Dios, no puedo decir cómo llevará a término su castigo. Lo único que sé es que la presencia del Diablo es clara, como lo es en toda ocasión en que los designios de Dios son desbaratados por los hombres.
– ¿Por un mal gobierno, por ejemplo?
– O por un buen gobierno, ¿qué más da?
– ¿Y dispone Su Reverencia de algún indicio que delate la presencia, o la intervención, del Diablo en el caso que nos ocupa?
El padre Villaescusa, que hablaba desde su asiento, se levantó solemnemente.
– Esta reunión en que nos hallamos es más que un indicio. El Diablo la provocó, el Diablo la mantiene, el Diablo suscita muchas de las palabras que aquí se han pronunciado y se pronunciarán.
Y el padre Rivadesella, apenas sin moverse, pero con tono claramente irónico, intervino.
– Por la razón que todos sabemos, esta noche pasada, Lucifer voló por nuestros cielos en figura de un bellísimo mancebo cuyo vuelo dejaba en los aires un reguero de plata. Hay testigos.
– Si esto es así -habló el padre Villaescusa, sin perder la solemnidad- propongo que se exorcice esta sala inmediatamente.
– ¿Se refiere Vuesa Paternidad al ámbito en que nos encontramos, o a los que componen la reunión?
Aquella inesperada y a todas luces impertinente pregunta del Gran Inquisidor sorprendió a casi todos los presentes, y, más que a nadie, al padre Villaescusa.
– Yo no me refería a nadie en concreto, Excelencia.
– En ese caso, es de pensar que la presencia del Diablo no constituye ninguna novedad. El Señor está en todas partes, pero el Diablo anda siempre detrás.
– Pero, a veces, el Señor se distrae.
– Que viene a ser más o menos lo que dije antes: que el Señor se inhibe; pero a mí me cuesta caro creerlo.
Volvió a escucharse la voz eminente del Gran Inquisidor.
– Me permito recordar a Vuestras Paternidades que nos estamos alejando del asunto que nos trajo aquí. Habíamos quedado en si el Rey tiene o no derecho a ver desnuda a la Reina, y en que si esto es o no pecado. Ruego a Vuestras Paternidades que se definan al respecto.
– Afirmo que tiene derecho y que no es pecado -respondió con voz segura el padre Almeida-, afirmo no sólo esto, sino la conveniencia de que suceda para que en el matrimonio de los Reyes, no como tales sino como cristianos, se realice la Gracia del Señor.
El padre Villaescusa saltó como picado por una avispa.
– ¿Dice Vuesa Merced la Gracia del Señor? ¿Encuentra que la Gracia del Señor se manifiesta en el coito? ¿O bien en la contemplación de esos horribles colgajos de las hembras que se llaman mamas? ¿O prefiere que la contemplación se verifique por la espalda, evidentemente contra natura? Me refiero, como es obvio, a la contemplación de las nalgas.
El padre Enríquez, O.S.D., se había dormido alguna vez; otras, había agudizado la oreja, y, muchas, sonreído. En esta ocasión alzó la mano cortésmente.
– Me permito rogar al sabio y virtuoso padre Villaescusa que, toda vez que este debate se desarrolla en lengua romance, llame a las cosas por su nombre. Quiero decir, tetas en vez de mamas; culo en lugar de nalgas. Si no recuerdo mal, el ilustre poeta padre León, en su versión del Cantar de los Cantares, traduce limpiamente: «Nuestra hermana es pequeña y tetas no tiene. ¿Qué se hará de nuestra hermana cuando se empiece a hablar de ella?»
Lo había recitado con evidente complacencia, y todos parecían haberle escuchado con placer, menos el padre Villaescusa, que tronó:
– ¿Y se atreve Vuestra Paternidad a hacer esa cita, siendo como es dominico? Aunque conviene recordar que en manos de dominicos estuvieron la vida y la muerte de ese repugnante marrano, y que fueron dominicos los que hurtaron al Señor el olor de su carne chamuscada.
– Pues nosotros, los agustinos, estamos muy orgullosos de él -le respondió, con voz segura, el representante de la más vieja de las órdenes presentes.
– Cosa que no me extraña -adujo el padre Villaescusa- porque todos ustedes son sospechosos.
Acaeció una serie de murmurios en los diversos grados de la Suprema, ante la osadía de aquel capuchino enfebrecido y colérico. El Gran Inquisidor cortó la trifulca que se avecinaba.
– Dejemos en paz a los muertos. Insisto en que el debate no se aparte de su tema.
– Pues yo sostengo que el Rey no puede ver a la Reina desnuda sin pecado; e insisto también en que los pecados de los Reyes los paga el pueblo inocente.
– Observo por la cara y los cuchicheos, que hay disidentes de su opinión tan respetable, padre Villaescusa, de modo que se nombrarán otras dos comisiones para examinar la complejidad del caso. Una, que determine si el Rey puede o no contemplar a la Reina sin vestidos que oculten, o al menos velen, su desnudez; otra, que examine a la luz de la Escritura y de los Padres, si el pueblo paga o no paga los pecados del Rey, aunque entendiendo que no se trata de sus errores de gobernante, sino de sus pecados personales, ¿no es así? Porque que del desgobierno se deriven daños para las monarquías, no es necesario discutirlo.
– A saber lo que se entiende por desgobierno -dijo el padre Villaescusa.
– Quemar judíos, brujas y moriscos; quemar herejes; atentar contra la libertad de los pueblos; hacer esclavos a los hombres; explotar su trabajo con impuestos que no pueden pagar; pensar que los hombres son distintos cuando Dios los hizo iguales… ¿Quieren vuestras paternidades que prosiga en la enumeración?