Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– ¿Qué?
– Dvřoák era su protegido; Brahms lo había presentado a su editor, y Dvřoák siempre estuvo muy influenciado por él. Le profesaba gran estima y admiración aún antes de que lo ayudara. Fue a visitarlo cuando Brahms estaba en su lecho de muerte -Nita contempló el dibujo y sonrió-. Dvřoák era un hombre piadoso, y al salir de la habitación de Brahms comentó asombrado: «Un espíritu tan noble, y no cree en nada». Pensaba que no creía en Dios. Lo que no es del todo cierto.
– ¿Qué no es del todo cierto?
– Que Brahms no creyera en Dios. Sí creía, pero no en el Dios de Dvřoák -dijo Nita con voz queda, e inclinó la cabeza como si quisiera examinar las cortas patas del piano de la lámina-. ¿Así que era usted quien tenía puesta la Primera de Brahms? Esa música no es saludable para los niños pequeños. Es una música de la inquietud.
Michael estaba perplejo.
– ¿Es habitual esa idea? ¿Responde a la opinión general?
Nita se encogió de hombros.
– No lo sé. Sencillamente es como yo lo veo.
– Me pregunto -dijo él titubeante- si la música puede generar inquietud. Lo cierto es que, al escucharla, de repente me acordé de la mancha del techo y de otras cosas por el estilo, que normalmente no me preocupan. ¿Pudo ser la música?
– Por supuesto. Engendra sentimientos, ¿no es así?
– ¿Por qué la sinfonía de Brahms produce inquietud?
– Bueno, por muchos motivos, yo creo que se nota desde el principio -se recogió los rizos-. Otro factor es la orquestación y el modo menor, ¿sabe? -sin aguardar a que le respondiera, continuó-: Do menor, en particular, tiene toda una tradición en este sentido. Es la tonalidad de la Quinta de Beethoven y de su Tercer concierto para piano, y también de un concierto especialmente sombrío de Mozart.
– ¿Es el modo el que genera la inquietud? -reflexionó Michael sorprendido-. Se diría que es imposible.
– En fin, no sólo el modo. Todo depende de cómo se utilice. En el arranque de la obra de Brahms todo depende de cómo ascienden los instrumentos de cuerda a la vez que los de viento descienden, y de la tensión entre ambos, y de los resonantes redobles de la percusión.
– El Concierto para piano en do menor de Mozart no me provoca una inquietud particular.
– Claro, es que se ha convertido en música de fondo de montones de cosas. Pero en una buena interpretación puede seguir generando una gran tristeza.
– Pero no inquietud. La sinfonía de Brahms… me gustaría comprender si estas sensaciones tienen… algo así como un correlato objetivo -dijo Michael como excusándose.
– No es tanto una cuestión de modos o de armonía como de espacio sonoro -reflexionó Nita para sí-. Y del volumen del sonido en Brahms. La obertura es forte, no fortissimo. Y el forte está amortiguado y tiene un no sé qué de crispante. Por su parte, los redobles de timbal crean una tensión que no se resuelve de inmediato, y luego, cuando la música se acelera, se vuelve aún más dramática. La sinfonía está llena de hechos pavorosos.
– ¿Qué son los «hechos pavorosos» de una composición? ¿Cómo puede hablar en esos términos? ¿Hechos pavorosos en una composición musical sin palabras?
– Por supuesto que los hay -exclamó Nita-. Usted mismo acaba de escucharlos. Los distintos temas y la transición entre ellos, el momento y la manera en que concluyen, el diálogo entre los instrumentos… todo eso son hechos, y pueden inspirar miedo.
Michael alzó la vista hacia el techo.
– ¿Toca usted profesionalmente? -aventuró.
Nita asintió con un gesto, se mordió el abultado labio inferior y se dirigió a la cocina.
– Escoja un disco -le dijo desde allí-. Están en la cómoda.
En la habitación no había cómoda alguna como no fuera el sólido mueble marrón, alto y estrecho, colocado en un rincón, entre el sofá y la pared donde las cristaleras comunicaban con el balcón. Michael se levantó, se detuvo ante el balcón y contempló durante unos instantes la ancha calle y las colinas, sorprendido de que la vista fuera la misma que la que tenía desde su casa. En las pesadas puertas de madera de la cómoda había una talla en relieve de dos ángeles que revoloteaban sobre un arpa dorada. Dos manos de bronce entrelazadas cerraban las puertas. Michael las abrió y observó los atestados compartimentos.
– Como un niño en una pastelería -dijo Nita.
Michael dio media vuelta y la vio sonriéndole desde el umbral de la cocina.
– ¿Están ordenados de alguna manera? -se oyó preguntar.
No se iba a atrever a contárselo. No sabía nada de ella. Sacó de su bolsillo un paquete de Noblesse y una caja de cerillas y le pidió permiso a Nita con una mirada. Ella señaló el cenicero de cristal azul que había junto al teléfono y dijo:
– Podría trasladar a la niña a la habitación de Ido. Y puede abrir la puerta del balcón, ¿o quizá esperará a que traiga el café?
Michael dejó el paquete de tabaco sobre la mesita de cobre y regresó a la cómoda. En los compartimentos superiores se agolpaban muchísimos discos de vinilo. En los demás había discos compactos colocados en dos filas. Michael sacó un par de ellos. Uno era el Andante y variaciones para piano de Haydn, una obra que desconocía. Lo dejó sobre la mesa de cobre, para examinarlo más adelante, y echó un vistazo al otro. En él había una fotografía de Nita, muy atractiva con un traje de noche negro escotado, el chelo en la mano izquierda y el arco en la derecha. Junto a ella, un pianista calvo y entrado en años. La leyenda era: «Nita van Gelden y Benjamín Thorpe interpretan la Sonata para arpeggione de Franz Schubert». Michael sacó el disco que había en el reproductor, leyó la etiqueta y lo devolvió cuidadosamente a su funda, donde estaban los otros dos discos de la ópera de Rossini Guillermo Tell, una obra que tampoco conocía a excepción de su famosa obertura. La sustituyó en el reproductor por la sonata de Schubert. Los sonidos que inundaron la habitación despertaron en él la esperanza de que sería capaz de contárselo todo a su anfitriona. Pero al cabo de un instante, Nita se presentó con gesto tenso. Mordiéndose el labio inferior, señaló el reproductor de compactos y dijo quedamente:
– Hágame el favor de quitar eso.
Michael se apresuró a detener el manantial de sonido a la vez que asentía con la cabeza.
– ¿Dónde lo ha encontrado? -preguntó Nita, y guardó el disco.
– Estaba ahí -tartamudeó Michael, mirándola de frente-, en la cómoda. Lo escogí por casualidad.
Los labios de Nita se relajaron. Estaba avergonzada.
– Hacía muchísimo que no lo oía, casi dos años. Hoy día la interpretaría de una manera totalmente distinta -se excusó, pero no parecía suficiente justificación para su conducta-. Voy a traer el café -dijo, y se fue a la cocina para luego volver a toda prisa, trayendo una cafetera de cristal, un par de tazas, leche y azúcar en una gran bandeja de madera. La posó sobre la mesita de cobre y se quedó escudriñándola con toda su atención, pero Michael tenía la clara sensación de que Nita estaba ausente, de que no veía nada.
– Cucharillas, faltan las cucharillas -dijo él.
Nita sonrió como si acabara de despertarse.
– Sabía que me había olvidado de algo -dijo, y regresó a la cocina.
La niña se movió en el cochecito. Emitió un débil sollozo y se quedó en silencio. Nita ya estaba a su lado, con dos cucharillas en una mano y la otra suspendida sobre el asa del cochecito, dispuesta a mecerlo. ¿Cómo podría confiarse a ella?, pensaba Michael. Era una perfecta desconocida, no sabía nada de ella. Ni siquiera el chelo resultaba revelador. La Sonata para arpeggione no indicaba nada.