El Legado del Rey Tsongor
- Автор: Gaude Laurent
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Legado del Rey Tsongor». Краткое содержание книги:
Es una novela corta. Está ambientada en un continente que puede ser África y narra los hechos que desencadena la cercana muerte del rey Tsongor, infatigable guerrero y conquistador en su juventud y cansado y arrepentido de muchos de sus actos en la sensata vejez. Dos caballeros, iguales en derecho, se enfrentan por la mano de su hija y para evitar una guerra de proporciones épicas el rey, decide quitarse la vida.
Con este desencadenante, mezclando mitos griegos con africanos, dibujando personajes cercanos a la tragedia y a los héroes clásicos y con un ritmo de cuento, Gaudé narra una magnífica historia que nos habla del honor, la fidelidad a la palabra dada, la inutilidad de la violencia y la necesidad de decidir. En definitiva, de las pasiones que mueven los corazones humanos
– Por hoy, al menos, aún me debo a mi padre. Salid de aquí y dejadnos llorar.
Samilia se había puesto en pie y su voz había acallado el tumulto. Todos se quedaron inmóviles; luego, los hombres, avergonzados de que los llamaran al orden de aquel modo, obedecieron, pero antes de abandonar la sala Sango Kerim se volvió y declaró:
– Mañana al alba me presentaré ante las puertas de la ciudad. Si tus hermanos no te llevan ante mí, declararé la guerra a Massaba.
Sango Kerim salió y dejó atrás el viejo cuerpo del rey Tsongor, cuya seca y nudosa mano pendía sobre el suelo. Las antorchas iluminaban la sala. El clan Tsongor seguía allí, reunido en torno al padre por última vez, envuelto en un intenso olor a incienso. Lloraban la muerte del anciano, lloraban la vida de antaño, lloraban las batallas por venir.
Cuando los hijos del rey Tsongor volvieron a quedarse solos, Suba se volvió hacia su hermana y sus hermanos y les dijo:
– Hermana, hermanos, tengo que comunicaros algo y voy a hacerlo aquí, en presencia de nuestro padre. Lo vi ayer por la noche, me llamó a su lado. No puedo repetiros lo que me dijo porque me hizo jurar que no se lo diría a nadie, pero os digo esto: mañana me iré. No enterréis a Tsongor, embalsamad su cuerpo y ponedlo al abrigo, en los subterráneos de palacio, que repose allí hasta mi regreso. Mañana me iré y no sé cuándo volveré. Nuestro padre quería que hiciera lo que os digo. No me llevaré nada, sólo un traje de luto y un caballo. Estaré fuera mucho tiempo, años, toda una vida, quizá; olvidadme. No intentéis retenerme ni, más tarde, encontrarme. Lo que os pido es la voluntad de Tsongor. No quiero nada para mí, repartios el reino entre vosotros, haced como si yo hubiera muerto porque, a partir de mañana y hasta el día en que haya concluido la tarea que me encomendó Tsongor, abandono la vida.
Samilia, Sango, Danga y Liboko escuchaban y a duras penas podían contener las lágrimas. Suba era el menor, aún no había hecho nada, su vida era virgen; Suba era el menor, y era la primera vez que lo oían hablar así, con seguridad y firmeza. Les decía que renunciaba a la vida, que estaría muerto durante años; Suba hablaba y parecía haber envejecido de golpe. Sus hermanos se preguntaban por qué lo habría elegido Tsongor para llevar a cabo la tarea que necesitaba confiar a uno de sus hijos. ¿Por qué él, el más joven? Era un castigo que no merecía, renunciar a todo… de la noche a la mañana, y marcharse, a su edad, sin más equipaje que una túnica de luto.
Samilia lloraba. Sólo tenía dos años más que su hermano, se habían criado juntos, los lazos que los unían habían sido trenzados por las manos de la nodriza que les había dado el pecho, habían jugado a los mismos juegos en los pasillos del palacio. Samilia había velado por su hermano pequeño con la solicitud maternal de una niña. Ella era quien lo peinaba, quien lo cogía de la mano cuando tenía miedo, y ahora lo veía tomar la palabra y no reconocía su voz.
– Hermanos míos – dijo Samilia -, nos queda una última noche para estar juntos. Presiento que mañana empezarán para nosotros pruebas que nos dejarán desamparados y exangües. Nos crió el mismo padre, la sangre que corre por mis venas es la vuestra; hasta hoy éramos el clan Tsongor, los hijos del rey, su orgullo, su fuerza. El ha muerto y nosotros hemos dejado de ser sus hijos; a partir de hoy no tenemos padre. Vosotros sois hombres, mañana cada uno elegirá su camino. Presiento, como debéis de presentirlo vosotros, que ya nunca estaremos tan unidos como lo estamos hoy. No nos lamentemos, es así. A partir de mañana, cada cual trazará el camino de su vida, es natural, es necesario. Pero aprovechemos esta última noche que pasamos juntos. Que el clan Tsongor exista hasta el alba. Aprovechemos este tiempo, el tiempo de vivir y compartir. Que nos traigan de comer y de beber, que nos canten las tristes canciones de nuestro país. Digámonos adiós así, pasando juntos estas horas, porque tenemos que decirnos adiós, lo sé. Adiós a ti, Suba, a quien quiero como una madre quiere a su hijo; quién sabe qué encontrarás cuando vuelvas a nuestro lado…, quién sabe quién seguirá aquí para recibirte, lavarte los pies y ofrecerte la fruta y el agua de la hospitalidad…, quién sabe quién seguirá aquí para oír el relato de la vida que vivirás lejos de nosotros… Adiós también a vosotros, Sako y Danga, mis queridos hermanos gemelos, y adiós a ti, Liboko, que siempre fuiste mi consejero. Mañana empieza otra vida, y no sé si en ella aún seréis mis hermanos. Dejad que os estreche contra mi pecho uno a uno y perdonadme si lloro, es porque os quiero y porque es la última vez…
Samilia no acabó la frase, pues Suba la abrazaba ya con todas sus fuerzas. Las lágrimas resbalaban por sus rostros, y, como un río crecido desborda sus márgenes y va apropiándose de los arroyos cercanos, así las lágrimas fluyeron de los ojos del clan Tsongor, de Samilia a Suba, de Suba a Sako, de Sako a Liboko. Todos lloraban, pero al mismo tiempo sonreían, se miraban unos a otros como si quisieran grabar en su alma para siempre los rostros de aquellos a quienes amaban.
Cayó la noche. Pidieron de comer y llamaron a músicos y cantores, que cantaron a la tierra natal y el dolor de la partida, que cantaron los recuerdos del pasado y el tiempo que todo lo entierra. Los Tsongor estaban sentados muy juntos, se miraban, se abrazaban, se murmuraban miles de insignificancias que no hablaban de otra cosa que del amor que sentían los unos por los otros. Así pasaron aquella última noche en el palacio de Massaba, al son de las cítaras y del vino, que llenaba las copas con un dulce rumor de cascada melosa.
Los ecos de aquella última cena en común llegaron hasta la sala del catafalco como las indistintas notas de una dulce música y envolvieron el cuerpo del viejo Tsongor. Este oía aquellos sonidos gozosos desde el fondo de su muerte, se incorporó y ordenó a Katabolonga, que entendía el lenguaje de los muertos, que lo llevara allí.
Dos figuras avanzaron juntas por los desiertos pasillos del palacio en luto, procurando no dejarse ver; iban hacia la música, buscando por el dédalo del palacio la sala en la que todos estaban reunidos. Cuando al fin la encontraron, el viejo Tsongor se acurrucó en un rincón y contempló a sus hijos, reunidos por última vez. Los veía sentados muy juntos, con los brazos y las piernas entrelazados, con las cabezas juntas y los cabellos mezclados… como una carnada de perritos agolpados contra la barriga de su madre. Allí estaban sus hijos, reían, lloraban, se tocaban continuamente; corría el vino y la música llenaba los corazones de una melancolía voluptuosa.
El viejo rey muerto contempló a sus hijos en secreto y se dejó envolver, también él, por la dulce luz que bañaba la sala, por los olores y las voces. Estaban todos allí, sus hijos, ante él, felices. Entonces, como para agradecerles aquella noche compartida, murmuró para sí mismo:
– Está bien.
Y regresó a la marmórea gelidez de su catafalco.
El sueño acabó venciendo a los hijos de Tsongor, que se separaron, se retiraron a sus habitaciones y se durmieron a su pesar. El único que no se acostó fue Suba, que durante un rato vagó por los silenciosos pasillos del viejo palacio; quería despedirse por última vez, volver a ver las salas en las que había crecido, acariciar la piedra de las paredes y la madera de los muebles familiares. Anduvo como una sombra, impregnándose por última vez de aquel lugar; luego, descendió la gran escalinata del palacio y penetró en los establos. El cálido olor de los anímales y el forraje lo despejó, y Suba recorrió la calle central buscando una montura adecuada a su exilio, un pura sangre rápido, nervioso, un animal noble que lo llevara de un extremo a otro del reino con celeridad. Pero, mientras lo buscaba, comprendió que en todos aquellos caballos de raza, espléndidos y bien cepillados, había algo impropio del luto, y siguió avanzando hasta llegar al fondo de las cuadras reales, donde descansaban los caballos de tiro y las mulas. Se quedó inmóvil; eso era lo que necesitaba, una mula, sí, una mula de paso lento y obstinado, una montura humilde que no se rindiera ni a la fatiga ni al sol; una mula, sí, porque quería cabalgar despacio, obstinadamente, llevando la noticia de la muerte de su padre allí donde fuera.