Al Amparo De La Noche
- Автор: Ховард Линда
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Al Amparo De La Noche». Краткое содержание книги:
…Los llevará a una arriesgada aventura. Calvin Harris es un hombre solitario que realiza tareas de mantenimiento en el hostal de Cate Nightingale. Secretamente enamorado de la protagonista, la ayuda en todo lo que puede para que ella y sus hijos puedan vivir sin apuros económicos. Sin embargo, el destino lo obligará a demostrar su callada valentía para salvar a sus vecinos de un horrible fin. Escapa con Cate bajo el amparo de la noche, para obtener la ayuda que necesitan y así deshacerse de los invasores. Y quizá a través de esta verdadera odisea para contactar con el pueblo más cercano, la mujer a la que ama descubra el verdadero héroe que hay en él.
– Cuando tu padre y yo nos casamos y vosotros erais pequeños, solía cocinar cada noche. No podíamos permitirnos salir a cenar fuera; una hamburguesa en una cadena de comida rápida era un lujo. Pero ahora ya no cocino tanto y no creas que lo echo de menos.
Cate miró a su madre:
– Pero si sigues preparando esas enormes comidas para Acción de Gracias y Navidad, y siempre has hecho nuestros pasteles de cumpleaños.
Sheila encogió los hombros.
– La tradición, la familia; ya sabes. Me encanta cuando nos reunimos todos pero, sinceramente, no me importaría ahorrarme las comidas.
– Entonces, ¿por qué no cocino yo para esas reuniones? Me gusta y papa y tú podéis encargaros de entretener a los niños.
A Sheila se le iluminó la mirada.
– ¿Seguro que no te importaría?
– ¿Importarme? -Cate la miró como si estuviera loca-. Pero si salgo ganando. Estos niños cada día encuentran una forma nueva de meterse en líos.
– Sólo son niños. Tú eras revoltosa, pero los primeros diez años de vida de Patrick casi acabaron conmigo, como aquella vez que hizo estallar una «bomba» en su habitación.
Cate se rió. Patrick había decidido que los petardos no hacían suficiente ruido de modo que, un cuatro de julio, consiguió reunir cien petardos. Con un cuchillo que sacó de la cocina a escondidas abrió los petardos y colocó toda la pólvora en una toallita de papel. Cuando tuvo toda la pólvora en una pila, pidió a su madre una lata vacía y Sheila, creyendo que la quería para fabricar un teléfono de lata y cuerda, se la dio encantada.
Había leído sobre el funcionamiento de los antiguos rifles de pólvora e imaginó que su bomba seguiría las mismas premisas, aunque no acertó demasiado dónde poner cada cosa. Llenó la lata con la toallita de papel, gravilla y la pólvora, luego introdujo un trozo de cuerda y lo impregnó con alcohol para que sirviera de mecha. Para evitar quemar el suelo, colocó la lata dentro de una caja de galletas y, como toque final, tapó la lata con su antigua pecera de cristal, de donde sólo salía la cuerda para poder prenderla desde fuera. Él creía que así podría disfrutar del ruido que quería sin tener que limpiar su habitación después.
Pero no fue así.
Lo único bueno que hizo fue esconderse detrás de la cama después de prender la mecha.
Con un gran estrépito, la pecera se rompió y por la habitación volaron trozos de cristal y gravilla. El papel, que había prendido fuego, empezó a desintegrarse en pequeñas llamas que iban cayendo encima de la cama, la moqueta e incluso dentro del armario, porque Patrick se había dejado la puerta abierta. Cuando sus padres entraron en la habitación, se lo encontraron intentando apagar las chispas del suelo con los pies mientras, a base de escupitajos, intentaba sofocar el pequeño incendio que se había producido con la colcha de la cama.
En aquel momento, a nadie le hizo mucha gracia, pero ahora Cate y Sheila se miraron y se echaron a reír.
– Me temo que a mí me espera lo mismo -dijo Cate, con una expresión de diversión y horror-. Multiplicado por dos.
– Quizá no -dijo Sheila, con recelo-. Si existe la justicia en este mundo, Patrick tendrá cuatro hijos como él. Rezo para que un día me llame llorando en plena noche porque sus hijos han hecho algo horrible y se disculpe conmigo desde lo más profundo de su ser.
– Pero la pobre Andie también tendrá que sufrirlo.
– Bueno, quiero mucho a Andie, pero estamos hablando de justicia. Y si ella también tiene que sufrirlo, mi conciencia estará tranquila y me alegraré en silencio.
Cate se rió mientras impregnaba el molde de las magdalenas con la mantequilla de manzana y luego empezó a llenarlos con la masa. Adoraba a su madre; era una mujer tozuda, algo irascible y que quería con locura a su familia a pesar de ser muy estricta con sus hijos. Una frase que Cate pretendía utilizar con sus hijos cuando fueran mayores era la que un día le oyó decir a Patrick después de que este se pasara una hora lloriqueando porque tenía que cortar el césped: «¿Acaso crees que te llevé dentro durante nueve meses y me pasé 36 agonizantes horas de parto para traerte al mundo para que luego te quedaras ahí sentado? ¡Sal fuera y corta el césped! ¡Para eso te tuve!»
Era genial.
Después de otro segundo de duda, Sheila dijo:
– Quiero comentarte algo para que puedas pensártelo mientras esté aquí.
Aquello no pintaba bien. Su madre estaba muy seria. Inmediatamente, Cate sintió un nudo en el estómago.
– ¿Algo va mal, mamá? ¿Papá está enfermo? ¿O tú? Dios mío, no me digas que os separáis.
Sheila se la quedó mirando, boquiabierta, y luego, sorprendida, añadió:
– Madre mía, he criado a una pesimista.
Cate se sonrojó.
– No soy pesimista, pero tal como lo has dicho, como si pasara algo…
– No pasa nada, te lo prometo -bebió un sorbo de café-. Pero es que, como tu padre no ha visto a los niños desde Navidad, nos gustaría que vinieran conmigo a hacernos una visita. Ahora ya son lo suficientemente mayores, ¿no crees?
Tocada y hundida. Cate puso los ojos en blanco.
– Lo has hecho a propósito.
– ¿El qué?
– Me has hecho creer que pasaba algo grave -levantó la mano para acallar las protestas de su madre-, no por lo que has dicho sino por cómo lo has dicho, y por tu expresión. Y luego, en comparación con la cantidad de cosas terribles que se me han ocurrido, la idea de que los niños se vayan contigo a casa tendría que parecerme menos grave. Incluso bien. Mamá, ya sé cómo funcionas. Tomé notas porque pretendo aplicar las mismas tácticas con los niños.
Respiró hondo.
– No era necesario. No estoy categóricamente en contra de la idea. Tampoco es que me apasione, pero me lo pensaré. ¿Cuánto tiempo habías pensado quedártelos?
– Teniendo en cuenta la dificultad del viaje, quince días me parecen razonables.
Que empiecen las negociaciones. Cate también reconocía aquella táctica. Seguramente, Sheila quería tenerlos una semana y, para asegurársela, pedía el doble. Si Cate aceptaba las dos semanas sin rechistar quizá su madre se arrepentiría de habérselo pedido. Quince días de constante cuidado de dos incansables gemelos de cuatro años podían destrozar incluso a la persona más fuerte.
– Me lo pensaré -dijo, porque se negaba a entrar en una discusión sobre la duración de la visita cuando ni siquiera había accedido a la petición de su madre. Si no se mantenía firme, Sheila la apretaría tanto con los detalles que los niños estarían en Seattle antes de que Cate se diera cuenta de que había dicho «Sí».
– Tu padre y yo pagaremos los billetes de avión, claro -continuó Sheila, en tono persuasivo.
– Me lo pensaré -repitió Cate.
– Necesitas un descanso. Ocuparte de este lugar y de esos dos monstruos apenas te deja tiempo para ti. Podrías ir a la peluquería, hacerte la manicura, la pedicura…
– Me lo pensaré.
Sheila resopló.
– Tenemos que pulir los detalles.
– Ya habrá tiempo para eso más adelante… si decido que puedes llevártelos. Y no insistas más porque no voy a tomar una decisión hasta que me lo haya pensado durante más de los dos minutos de tiempo que me has dejado -aunque, por un segundo, se acordó de la peluquería a la que iba en Seattle. Hacía tanto tiempo que no se cortaba el pelo que ya no tenía ningún estilo definido. Hoy, por ejemplo, llevaba la melena castaña y ondulada recogida en la nuca con un clip en forma de concha. Llevaba las uñas cortas y sin pintar, porque era la forma más práctica de llevarlas teniendo en cuenta que se pasaba el día en la cocina, y ya ni se acordaba de la última vez que se pintó las uñas de los pies. El único capricho que se daba era llevar las piernas y las axilas depiladas, y lo hacía porque… bueno, porque sí. Además, sólo implicaba salir de la ducha tres minutos más tarde.