La aventura de la venganza
- Автор: Хоффман Кейт
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La aventura de la venganza». Краткое содержание книги:
El bombero Dylan Quinn había perfeccionado el arte de amar… y de abandonar. Pero el día que rescató a aquella hermosa mujer, fue él el que acabó ardiendo.
Meggie Flannagan llevaba toda su vida enamorada de Dylan, pero él jamás se había fijado en ella. Sin embargo, ahora Meggie tenía la seguridad de que no iba a ocurrir lo mismo. Por fin tenía la oportunidad de vengarse del irresistible irlandés. ¿La echaría él de su vida o… la metería en su cama?
– Tus cejas están bien y tu pelo también. Solo tienes que ponerte un poco de colorete y pintarte los labios. Y echarte colonia, claro. Y recuerda, no te lo tomes demasiado en serio. Solo vas a cenar con él y luego te vendrás a casa. Además, no se te olvide que no debes demostrar en ningún momento que te lo estás pasando bien.
Meggie comenzó a maquillarse en el cuarto de baño mientras Lana iba al armario a buscar la ropa adecuada. Poco después, se la llevó al baño. Meggie se estaba aplicando rímel en los ojos y Lana, al entrar, le dio un codazo. Meggie se manchó de rímel el párpado y, al intentar quitárselo, se lo extendió por todo el ojo.
– Este vestido me parece bien. Es bonito, pero no demasiado sexy. Y el color es discreto. El rojo me parece demasiado evidente y el negro demasiado severo. Por otro lado, si tiene muchos dibujos, no le dejará fijarse en tu belleza natural.
Meggie agarró el vestido.
– A lo mejor puedes venir conmigo. Puedes esconderte debajo de la mesa y hablar mientras que yo muevo los labios.
Lana hizo un gesto hacia el techo.
– Tú arréglate mientras te repito todo lo que tienes que recordar.
Meggie salió del baño para ir en busca de una muda limpia. Si no iba con las piernas depiladas, por lo menos podría ir con ropa interior decente, pensó.
– Lo hemos repasado ya diez veces por lo menos. Me lo sé de memoria: mantener un aire de misterio, no hablar demasiado, evitar mirarlo a los ojos más de cinco segundos, hablar de cosas tópicas y superficiales y…
Sabía que había un punto más, pero no lo recordaba y trató de hacerlo mientras se metía rápidamente en el cuarto de baño.
– ¡Y no beber más café!
Lana se asomó al cuarto de baño e hizo una mueca con los labios.
– De acuerdo -respondió Meggie-. Y nada de besos -continuó.
Meggie le había hablado a Lana del beso que se habían dado en la calle. De hecho, no podía dejar de pensar en aquel beso.
En ese momento, se oyó un sonido penetrante y Meggie se asomó al salón.
– ¿Has puesto algo en el horno?
– No, es la puerta de la calle. ¿Será uno de tus admiradores? Meggie no dijo nada.
– Iré a ver.
Meggie se alegró de quedarse unos momentos a solas. Se puso el vestido y se miró al espejo. Lana tenía razón: el color era perfecto para una cita informal. También la forma del vestido, que no era muy ceñido, pero tampoco demasiado holgado. Luego tomó un par de medias. Comprobó el color en el puño y, sin sentarse, se las metió en un pie y luego en el otro. Pero cuando intentó subírselas, no pudo. Así que fue al dormitorio y se apoyó en la cama. Sin saber cómo, perdió el equilibrio y acabó en el suelo con las medias enrolladas en los tobillos.
Miró hacia arriba, y se encontró con Lana, que la estaba mirando asombrada.
– ¿Qué estás haciendo? Meggie se quitó las medias.
– Estoy intentando vestirme para mi cita -dijo, maldiciendo y frotándose la cabeza-. ¿Quién era?
– Dylan.
– ¿Dylan? -repitió Meggie, levantándose de un salto.
– Ha decidido venir a recogerte, en lugar de que os encontréis allí -le explicó Lana, tirando de la falda de Meggie hacia abajo-. ¿No es un detalle? Es un verdadero caballero.
Meggie fue tambaleándose hacia la puerta del dormitorio y la abrió. Pero cuando vio un trozo de la cabeza de Dylan, la cerró corriendo. Incluso la imagen de su cabeza por detrás la ponía nerviosa.
– ¡No tenía que haber venido! Esto no es lo acordado. Me dijiste que tenía que reunirme con él en el restaurante. ¿Qué voy a hacer ahora? Todo el plan se nos ha estropeado y ni siquiera ha empezado la tarde.
– No creo que puedas hacer mucho. A no ser que le digas que se vaya. Solo tienes que ser diplomática y decirle que ha metido la pata.
– Para ti es fácil decirlo. No tienes un ojo manchado de negro como si fueras un mapache, ni las cejas sin depilar, ni las piernas llenas de pelos -Meggie gimió y se apoyó en la puerta-. Y por si fuera poco, no me puedo poner las medias derechas.
Lana se acercó y le quitó las medias, estirándolas para que se las volviera a poner.
– ¿Cómo está? -preguntó Meggie mientras Lana le subía las medias-. ¿Está guapo o moderadamente atractivo? Si está muy guapo, creo que no voy a poder hablar con él.
– Está guapísimo -contestó Lana sentándose en el suelo. Es evidente que se ha tomado la cita muy en serio. Lleva unos pantalones de lana y un jersey muy bonito, la cazadora es deportiva. Va con un estilo moderno y a la vez muy masculino. Si no fuera tu chico, coquetearía con él.
– No es mi chico. Creo que debería cambiarme.
– Puedes hacer lo que quieras -dijo Lana, levantándose y pasándose las manos por los muslos-. Yo me voy.
– ¡Espera! No puedes irte. Todavía no hemos repasado el plan.
– ¡Meggie, por favor! No es la primera vez que sales con un hombre. Trata de acordarte de lo que hemos hablado y diviértete… aunque no demasiado. Impresiónalo.
Lana, entonces, salió del dormitorio y se fue al salón. Dylan, que estaba de espaldas, se dio la vuelta.
– Meggie saldrá enseguida.
Meggie cerró la puerta del dormitorio, dispuesta a terminar de vestirse. Se limpió el rímel corrido, se pintó los labios y se recogió el pelo. Cuando terminó, se fue hacia la puerta y tomó aire antes de salir.
– Sé agradable, míralo con naturalidad y no te desmayes a la primera sonrisa. Creo que podré recordarlo.
Nunca se había puesto tan nerviosa por quedar con un hombre. Quizá fuera porque no sabía cómo manejar la situación, dado que tampoco era una cita con un novio o pretendiente. Era más bien una operación militar, se dijo. Pero en cuanto salió al comedor, su corazón comenzó a latirle a toda velocidad y sintió que le faltaba el aire.
Dylan estaba de espaldas y ella lo miró. Fue como una de esas escenas de las películas que ocurren a cámara lenta. Todo sucedía con lentitud. Dylan se volvió y ella creyó que iba a quedarse ciega ante la intensidad de su sonrisa mientras oía en su cabeza la canción Endless Love. Le habría gustado salir corriendo. ¿Cómo demonios iba a ser capaz de mantener un aire misterioso con ese hombre? Cuando la miraba, ella sentía como si la traspasara con sus ojos. Como si viera el manojo de nervios en el que en realidad se había convertido.
– Hola -lo saludó.
– Hola. Estás muy guapa.
Lo dijo de una manera que casi le pareció sincera y buscó rápidamente algo que decir. ¿Cómo le respondería una mujer misteriosa? «Olvídate del misterio», se dijo. ¿Cómo respondería cualquier mujer cuando Dylan la miraba como si quisiera desnudarla con los dientes?
– Gracias.
– Siento haber aparecido de repente, pero vivo muy cerca. He pensado que sería una tontería ir los dos por separado. Aparcar en Back Bay es siempre complicado.
Meggie tragó saliva.
– Yo normalmente tomo el metro. Luego fue por su abrigo y él la ayudó a ponérselo. -Gracias.
Meggie pensó que la educación no era algo que ella pudiera relacionar con los miembros de la familia Quinn. De adolescentes, siempre habían sido bastante salvajes. Pero, al parecer, en algún lugar del camino, las asperezas habían ido limándose. Meggie se preguntó si sería debido a una de sus muchas novias o a que había tomado conciencia él mismo.
– Tenía muchas ganas de volver a verte.
Lo que no sabía Meggie era de qué iban a hablar. Aunque siempre podrían hacerlo de lo que habían hecho durante los tres últimos días desde que él había pasado por la tienda y la había besado en mitad de la calle. Se había pasado los últimos días pensando en él… y preguntándose cuándo volvería a besarlo de nuevo.
– Sí, estoy impaciente por cenar contigo -añadió ella.
No se dio cuenta de lo que había dicho hasta que ya no tenía remedio.
– Quiero decir que tengo mucha hambre…