Por un juramento
- Автор: Леннокс Марион
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Por un juramento». Краткое содержание книги:
No podía durar. Estaría allí sólo hasta que su abuelo se recuperase y no tendría por qué quedarse más de lo necesario. Pero Mike tenía que admitir que le alegraba la vida.
¿Cómo podía convencerla de que lo que ella realmente necesitaba era su amor?
– No, pero…
– ¿Pero?
– No se recuperará en una semana -dijo con tristeza-, ni en un mes. Imposible. Y entonces, ¿qué sucede ahora? -preguntó, mirando la cara enjuta de su abuelo mientras un músculo se le movía en la mandíbula-. No podré volver a América -dijo finalmente-. Tendré que quedarme.
Mike frunció el ceño, pero a la vez sintió que el corazón le daba un salto, como si algo dentro de sí se sintiera profundamente satisfecho por lo que acababa de oír.
– Y eso, ¿en qué circunstancias te deja? ¿Estás con permiso?
– Renuncié para venir aquí.
– ¿Renunciaste?
Ella levantó la mirada hacia él con una sonrisa irónica. No había movido la mano. Seguía bajo la de él y no encontraba las fuerzas para sacarla de allí. Ese hombre era su único apoyo en todo ese jaleo.
– Parece drástico, ¿no? -se encogió de hombros y logró esbozar una sonrisa-. Pero no lo es. He trabajado los dos últimos años en urgencias. Ha sido emocionante, pero ya he tenido suficientes emociones. Me voy a dedicar a la medicina familiar.
– ¿Te está esperando un trabajo?
– Me he presentado a montones de puestos en los Estados Unidos. Estaba esperando saber si me habían aceptado o dónde, cuando tuve que venirme aquí. Estoy segura de que tendré una pila de ofertas esperándome en casa cuando vuelva a casa -dijo, esbozando un instante su fantástica sonrisa-. Así que me pareció justo decirle al hospital que no volvería.
– ¿Así que estás libre?
– Supongo que sí. Al menos hasta que tenga que empezar a trabajar para alimentarme -volvió a esbozar esa sonrisa cegadora que hizo que casi se le cayeran los calcetines-. Me da la impresión de que si el abuelo sólo tiene una cerda, ocho cochinillos y seis cabras, estoy en apuros si creo que la granja me dará de comer. No me apetece demasiado matar los cerditos.
– No -dijo Mike, devolviéndole la sonrisa mientras el cerebro trabajaba a mil por hora. Las palabras de Bill le resonaban en la mente…que aceptarían a Doris si tuviese título de médico.
¡Diablos!
La habitación le pareció de repente demasiado pequeña.
La puerta se abrió. Era Bill, con una enfermera. Gracias a Dios. La presión le estaba subiendo hasta el techo mientras trataba de pensar.
– Hemos venido a hacer el verdadero trabajo aquí -anunció Bill, echando a Mike y Tess una mirada especulativa y divertida mientras ellos separaban las manos, cohibidos. Aja. Las cosas progresaban-. No queremos doctores -añadió alegremente-, a menos que tengáis algo urgente que hacer.
– Yo me voy -dijo secamente Mike con una voz que hizo a Bill fruncir el ceño-. Avísame cuando se despierte, Bill.
– Yo me quedo -dijo Tess-. Éste es mi abuelo. Búscate uno para ti.
– Tess…
– Tiene más o menos diez abuelos y abuelas esperándolo en la consulta esta mañana -dijo Bill, sonriendo nuevamente-. Tiene para elegir.
– Pues, ahí tienes -dijo ella con cariño-. Adiós, doctor Llewellyn. Ve y ocúpate de las necesidades médicas de los abuelos y abuelas del valle. Nosotros nos ocuparemos de éste.
Y no tuvo más remedio que irse.
Antes de que tuviera una excusa para volver a la habitación de Henry, sería de noche, pensó mientras cerraba la puerta a regañadientes. A no ser que Henry se despertase.
Ojalá Henry se despertase. Y no sólo por Henry mismo.
Mike trabajó todo el día, mientras que Tess no se separó de su abuelo más que para darse una ducha y cambiarse, cuando Bill le insistió que él la reemplazaría mientras ella se arreglaba.
– Es muy difícil -le dijo a Bill con la voz tensa-. Estoy tratando de decidir qué es lo mejor. Quizás Mike tenga razón y él se recuperará totalmente, pero mientras tanto no puede volverse a la granja y vivir solo. ¿Dónde está la Unidad de Rehabilitación más cercana?
– Melbourne.
– A menos que tenga alguien que le haga hacer los ejercicios en casa, tendrá que ir a la ciudad, y eso logrará que deje de valerse por sí mismo, además de que no tiene quién se ocupe de la granja los meses que esté fuera.
– Se podría vender la granja.
– No, eso es impensable.
– ¿Por qué?
– Mi padre me transmitió el amor a la granja. Cuando la vi por primera vez, y conocí al abuelo, ya tenía dieciséis años y sentía que el sitio era mi hogar. Me encanta.
– ¿Es una chica de granja?
– En absoluto. Crecí en la ciudad, aunque quizás sea una chica de granja en el corazón. Por eso es que decidí dedicarme a la medicina familiar, para poder mudarme al campo. Ya sé que es una idea un poco bucólica, en realidad soy una tonta idealista -dijo sonriendo.
– No se lo crea. En este hospital apreciamos mucho a los tontos idealistas.
– ¿Quiere decir que eso es lo que es Mike, que a pesar del trabajo que tenía encontró un rato para ir a buscar a mi abuelo y luego tuvo que levantarse al alba para recuperar el tiempo perdido? Qué pedazo de doctor. Tiene el coche más maravilloso y el perro más bobo…
– Parece que ha ganado su corazón -dijo Bill lanzando una risita. Un timbre sonó en el pasillo, haciéndolo esbozar un gesto de disculpa-. El deber me llama. La dejo para que haga sus planes, doctora Westcott, y me interesará mucho saber lo que decide.
– Y yo también -masculló Tess cuando se cerró la puerta tras él-. Porque, si estás haciendo planes que incluyan a Mike, quiere decir que tienes sueños de aire, Tess Westcott.
Cuando se volvió a mirar la cama, Henry se estaba moviendo. Y la miraba.
– Sueños de aire… -la voz de Henry era un susurro casi ininteligible, pero fue lo suficiente. La cara de Tessa se iluminó de alegría y le enterró la cara en el hombro.
– Oh, abuelo…
– Pensé que eras un sueño -susurró él en la mata de pelo-. Mi Tess. Un sueño de aire. ¿Es lo mismo?
– No -dijo, levantando la cabeza para mirarlo con cariño largamente-. Soy real. Soy verdadera cien por cien. Sólo hacía planes.
– ¿Planes?
– Planes para mí, planes para ti. Y… -inspiró profundamente-… planes para Mike Llewellyn.
– Ya veo -la sombra de una sonrisa jugueteó en la cara de Henry.
– Pues yo no lo veo nada claro -dijo ella, tomando una de las delgadas manos y pasándosela por la mejilla-. Lo único que sé es que estás vivo y que te tengo nuevamente.
– Y tú estás aquí, pequeña. Si supieras cuánto quería que vinieras…
– Oh, abuelo -la voz se le quebró de la emoción. Luego se controló y logró mirarlo duramente-. Eh, ¿no te he dicho siempre que tuvieses cuidado? ¿Quieres decirme para qué te metiste en una cueva y tuviste un derrame cerebral?
– Me sentía muy mal -le dijo, intentando modular cada palabra-. Tenía un dolor de cabeza terrible que no me podía quitar. Sabía que llamarías a la noche, así que me tomé la tarde para ir a la cueva. Por si acaso era algo serio… era como si… como si hubiera tenido que decirle adiós.
– Así, si era algo serio, ¿te quedarías allí durante cinco días sin ayuda médica?
– ¿Es necesario que seas tan mandona? -dijo con voz débil y ella rió.
– Sí. Ya me conoces, abuelo.
– Una verdadera marimandona.
Se quedó silencioso, exhausto. Pasaron diez minutos antes de que volviese a hablar. Tess no avisó a nadie. Por el momento, quería estar a solas con él.
– Así que… ¿qué planes estás haciendo para Mike Llewellyn? -susurró finalmente y ella se lo quedó mirando.
– Oh, ninguno.
– Cuéntame.
– Pues, sólo es que Mike tiene exceso de trabajo, exceso de generosidad y exceso de encanto, además de que es guapo a más no poder -dijo, con un brillo en los ojos-. Y yo tengo que quedarme aquí y cuidarte, pero también necesito trabajar, así que…