¡Viejo capitán Vitsliputslí!
¿Te has dormido, amigo mío?
Pues cuídate, que ahí vienen
Cinco tiburones fritos.
Antón, sin decir palabra, dio un empujón a la barca.
— ¡Hey! — gritó Pashka, asiéndose a la borda.
— ¿Por qué fritos? — preguntó Anka.
— ¡Y yo qué sé! — respondió Pashka, mientras saltaban a la orilla —. Pero no suena mal, ¿verdad? ¡Cinco tiburones fritos!
Vararon la barca. Sus pies se hundían en la húmeda arena, que estaba llena de pinas y agujas secas de pino. La barca era pesada y resbaladiza, pero la arrastraron hasta sacarla completamente del agua. Después descansaron a su lado, respirando agitadamente por el esfuerzo.
— Me he aplastado un pie — dijo Pashka, arreglándose el pañuelo rojo que llevaba en la cabeza. Ponía gran empeño en que el nudo le cayese exactamente sobre la oreja derecha, como a los narigudos piratas irukanos —. Pero, ¡qué importa la vida! — añadió.
Anka se chupaba un dedo.
— ¿Te has clavado una astilla? — preguntó Antón.
— No, me he hecho una desolladura. ¿Quién de vosotros es el que lleva esas uñas?
— Deja que lo vea.
Ella le mostró el dedo.
— Sí — dijo Antón —. ¡Vaya trauma! ¿Qué hacemos ahora?
— ¡Sobre el hommmmm… bro, y adelante por la orilla! — gritó Pashka.
— Entonces, ¿para qué hemos desembarcado? — preguntó Antón.
— Porque en barca hasta una gallina podría hacer este viaje — explicó Pashka —. Pero por la orilla hay precipicios, cañaverales, remolinos… Incluso Iotas y siluros.
— ¡Bancos de siluros fritos! — exclamó Antón.
— ¿Has buscado alguna vez en un remolino?
— Sí.
— Nunca te he visto hacerlo.
— Hay tantas cosas que nunca me has visto hacer.
Anka les dio la espalda, levantó su ballesta y disparó sobre un pino que había a unos veinte pasos. Saltaron esquirlas de corteza.
— Magnífico — exclamó Pashka, y disparó con su escopeta. Apuntó a la flecha de Anka, pero falló el tiro —. No contuve la respiración — dijo para disculparse.
— ¿Y si lo hubieras hecho? — preguntó Antón, mirando a Anka.
Esta tiró con fuerza de la palanca y tensó la cuerda de su ballesta. Tenía unos excelentes músculos. Antón observó cómo bajo su morena piel se desplazaba la dura bola de sus bíceps.
Anka apuntó y disparó de nuevo. La segunda flecha se clavó en el árbol un poco más abajo que la primera.
— Estamos haciendo mal — dijo de pronto Anka, bajando la ballesta.
— ¿El qué? — Estamos estropeando los árboles sin necesidad. Ayer un pequeño estaba tirándole flechas a un árbol, y le obligué a que las arrancara con los dientes.
— Pashka — dijo Antón —, ¿por qué no vas tú a arrancar las flechas? Tienes buenos dientes.
— No, tengo uno cariado — respondió Pashka.
— Bueno — dijo Anka —, hagamos algo.
— No tengo ganas de subir precipicios — dijo Antón.
— Ni yo tampoco. Sigamos recto por aquí.
— ¿Hacia dónde? — preguntó Pashka.
— Hacia donde nos lleven los pies.
— Hacia la saiva entonces — dijo Pashka —. Toshka. vayamos al Camino Olvidado. ¿Lo recuerdas?
— Claro que lo recuerdo — dijo Antón.
— Sabes, Anechka… — comenzó a decir Pashka.
— ¡No me llames Anechka! — cortó Anka, que consideraba intolerable que la llamaran con otro diminutivo que no fuera Anka.
Antón aprendió bien la lección y se apresuró a decir: — El Camino Olvidado es una carretera por la que no pasa nadie. No figura en ningún plano de carreteras, y no sabemos adonde va.
— ¿Habéis estado ya allí?
— Sí. Pero no tuvimos tiempo de explorarla.
— Es un camino que no viene de ninguna parte ni va tampoco a ninguna parte — dijo Pashka, ya repuesto.
— ¡Estupendo! — exclamó Anka, cuyos ojos parecían en aquel momento dos rendijas negras —. Vamos allá. ¿Llegaremos antes del anochecer?
— ¡Mucho antes! A mediodía ya estaremos allí.
Escalaron el precipicio. Pashka se detuvo al llegar arriba y se volvió. Abajo se veía el lago azul, entreverado con las manchas amarillas de los bancos de arena, la barca varada en la playa, y unas grandes circunferencias que se ensanchaban por la oscura superficie del agua, cerca de la orilla, producidas sin duda por algún salto del lucio que habían visto antes. Pashka experimentó aquella indefinida alegría que sentía cada vez que se fugaba con Toshka del internado y tenía por delante todo un día de completa libertad, andando por lugares inexplorados, con fresas, solitarios y templados prados, lagartos grises y heladas aguas manando de inesperadas fuentes. Y, como siempre, quiso gritar y saltar, y así lo hizo, y vio como Antón lo miraba sonriente y cómo en sus ojos se adivinaba una absoluta identificación. Anka se metió dos dedos en la boca y lanzó una agudísimo silbido.