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Era una deslumbrante tarde de cuatro soles. El gran y dorado Onos estaba alto en el Oeste, y el pequeño y rojo Dovim se alzaba aprisa sobre el horizonte por debajo de él. Cuando mirabas hacia el otro lado veías los brillantes puntos blancos de Trey y Patru resplandecer contra el purpúreo cielo oriental. Las ondulantes llanuras del continente más septentrional de Kalgash estaban inundadas por una prodigiosa luz. La oficina de Kelaritan 99, director del Instituto Psiquiátrico Municipal de Jonglor, tenía enormes ventanas a cada lado para mostrar toda la magnificencia del conjunto.
Sheerin 501, de la Universidad de Saro, que había llegado a Jonglor unas pocas horas antes a petición urgente de Kelaritan, se preguntó por qué no estaba de mejor humor. Sheerin era básicamente una persona alegre; y los días de cuatro soles proporcionaban en general a su exuberante espíritu un impulso adicional. Pero hoy, por alguna razón, estaba nervioso y aprensivo, aunque hacía todo lo posible por impedir que eso se hiciera evidente. Después de todo, había sido llamado a Jonglor como experto en salud mental.
—¿Prefiere empezar hablando con algunas de las víctimas? —preguntó Kelaritan. El director del hospital psiquiátrico era un hombrecillo enjuto y de rasgos angulosos, cetrino y de pecho hundido. Sheerin, que era rubicundo y en absoluto enjuto, se sentía innatamente suspicaz hacia cualquier adulto que pesara menos de la mitad de lo que pesaba él. «Quizás es la apariencia de Kelaritan lo que me trastorna, pensó. Se parece a un esqueleto andante»—. ¿O piensa que es mejor idea obtener primero alguna experiencia personal del Túnel del Misterio, doctor Sheerin?
Sheerin consiguió reír, con la esperanza de que su risa no sonara demasiado forzada.
—Quizá debiera empezar interrogando a una víctima, o a tres —dijo—. De esa forma tal vez pueda prepararme un poco mejor para los horrores del Túnel.
Los oscuros ojos como cuentas de Kelaritan parpadearon desconsoladamente. Pero fue Cubello 54, el elegante y muy pulcro abogado para la Exposición del Centenario de Jonglor, quien habló:
—¡Oh, vamos, doctor Sheerin! ¡Los horrores del Túnel! Eso es un tanto extremo, ¿no cree? Después de todo, en este momento no tiene más que los relatos de los periódicos para juzgar. Y llamar a los pacientes «víctimas». No puede considerárseles así.
—El término es del doctor Kelaritan — observó Sheerin rígidamente.
—Estoy seguro de que el doctor Kelaritan utilizó esa palabra tan sólo en su sentido más general. Pero hay una presuposición en el uso que hace usted de ella que considero inaceptable.
Sheerin dirigió al abogado una mirada compuesta a partes iguales por desagrado y desapasionamiento profesional y dijo:
—Tengo entendido que varias personas murieron como resultado de su viaje a través del Túnel del Misterio. ¿No es así?
—Hubo varias muertes en el Túnel, sí. Pero hasta este punto no hay ninguna razón necesaria para pensar que esa gente murió como resultado de haber pasado por el Túnel, doctor.
—Puedo ver por qué usted no desea creerlo así, consejero —dijo Sheerin de una forma tajante.
Cubello miró ultrajado al director del hospital.
—¡Doctor Kelaritan! Si ésta es la forma en que va a ser llevada esta investigación, deseo hacer constar en este mismo momento mi más enérgica protesta. ¡Su doctor Sheerin está aquí como un experto imparcial, no como un testigo de la acusación!
Sheerin rió quedamente.
—Estaba expresando mi punto de vista sobre los abogados en general, consejero, no ofreciendo ninguna opinión acerca de lo que puede o no puede haber ocurrido en el Túnel del Misterio.
—¡Doctor Kelaritan! —exclamó de nuevo Cubello, y su rostro enrojeció.
—Caballeros, por favor —dijo Kelaritan, mirando alternativamente y con rapidez de Cubello a Sheerin, de Sheerin a Cubello—. No nos convirtamos en adversarios, ¿quieren? Tal como lo veo, todos tenemos el mismo objetivo en esta investigación. Que es descubrir la verdad acerca de lo que ocurrió en el Túnel del Misterio, a fin de poder evitar una repetición de los…, hum…, infortunados sucesos.
—De acuerdo —dijo Sheerin afablemente. Era una pérdida de tiempo enzarzarse de aquel modo en una discusión con el abogado. Había cosas más importantes que hacer. Ofreció a Cubello una sonrisa cordial—. Nunca me he sentido muy interesado en establecer ninguna culpabilidad, sólo en elaborar formas de atajar situaciones en las que la gente tiene la sensación de que debe establecer esa culpabilidad. ¿Qué le parece si me muestra a uno de sus pacientes ahora, doctor Kelaritan? Y luego podemos ir a almorzar y hablar de los acontecimientos en el túnel tal como los entendemos en este punto, y quizá después de comer podamos ver a otro paciente o dos…