ASUNTO: Negociaciones a celebrar.
DE: Sanders Nicholas, portador de información agregado al personal del Primer Defensor Ettin Gwarha.
A: Primer Defensor Ettin Gwarha.
El problema, tal como yo lo veo, es que hay una laguna de información. El Pueblo sabe sobre su enemigo mucho más de lo que éste sabe sobre él. Esto se debe principalmente a la diferencia entre las dos culturas, pero también a una cuestión de pura suerte.
Durante mucho tiempo esto fue una ventaja y la mayoría de los Hombres-Que-Están-Al-Frente piensan que aún lo es.
Yo discrepo.
El enemigo continúa reuniendo información. Llegará un momento en que sabrá lo suficiente para preparar un ataque al Tejido. (Ese momento está cerca. Todos los modelos seguidos durante el año pasado han resultado malos.) No se sabe con certeza si decidirá atacar, y no está claro cuánto daño causará.
Lo que a mí me parece claro es lo siguiente: el enemigo no sabe lo suficiente para actuar de forma inteligente.
Hay cosas peores que un enemigo ignorante. (Un enemigo estúpido. Un enemigo inteligente y loco.) Pero la ignorancia es lo bastante mala para atemorizarme.
Los del otro bando no pueden evaluar las consecuencias. Sencillamente, no saben qué tipo de conducta resulta inaceptable o catastrófica. Podrían destruirnos a todos por accidente.
Me parece imperativo que el Tejido empiece a buscar formas de compartir información. Evidentemente, no información militar. Hemos discutido esto una y otra vez. Le remito a su memoria y a memorandos anteriores.
Me doy cuenta de que los demás principales no están de acuerdo en su mayoría. No consideran necesario un cambio. El Pueblo puede continuar igual que siempre. Esta guerra —contra un nuevo y raro enemigo— puede ser librada como todas las guerras anteriores, y no existe un particular peligro en combatir a un pueblo que no sabe lo que se hace.
Me doy cuenta también de que la prudencia y el honor exigen que usted no haga nada sin el acuerdo de los otros principales.
Esto crea una trampa lo suficientemente grande para que todos caigamos en ella: usted, yo, los Principales-en-Conjunto, el Tejido y el Pueblo. No veo ninguna salida. Tal vez debería usted reflexionar sobre la situación. Tenga en cuenta los modelos informáticos. No presentan buenas perspectivas.
PRIMERA PARTE
NICHOLAS EL MENTIROSO
I
El planeta en el que Anna estaba destacada se encontraba en la posición de la Tierra: a 148 millones de kays de una estrella G2 común invisible desde la Tierra. Más lejos había un planeta doble, una de esas anomalías bastante corrientes para volver locos a los teóricos. Ambos mundos tenían atmósfera: densa, venenosa y de un blanco brillante desde la distancia. Para el planeta de Anna eran el lucero del alba y el lucero de la tarde, creciendo y menguando mientras ambos giraban, uno alrededor del otro. En el punto de mayor separación, la estrella se convertía en dos estrellas, y brillaba a ambos lados en el cielo azul grisáceo del amanecer o del crepúsculo.
Más lejos —al otro lado de su planeta— había cuatro gigantes de gas, todos visibles en el cielo nocturno, aunque ninguno tan brillante como los Gemelos. Nadie se había molestado en poner nombre a los gigantes. No había en ellos nada de particular.
Y eso era todo, salvo los habituales fragmentos de escombros espaciales: cometas y planetoides, lunas y anillos y el oscuro compañero que se desplazaba alrededor del sol G2, a una gran distancia. Era una peculiaridad y convertía el sistema en un punto de trasbordo.
El planeta en el que ella se encontraba era habitable para los seres humanos. La atmósfera era notablemente parecida a la antigua atmósfera preindustrial de la Tierra. El océano se componía de H2O. Poseía dos continentes. Uno se extendía por el hemisferio sur y tenía la forma aproximada de un reloj de arena; el otro, mucho más grande, se extendía desde el ecuador hasta el polo norte y se parecía en cierto modo a un bumerang.
Su estación estaba en medio del reloj de arena, en la costa este del estrechamiento. Hasta hacía poco había sido el único lugar del planeta que contaba con lo que algunos llamaban vida inteligente.
Ahora había otra base en el planeta: en la costa sur del bumerang, exactamente en la curva. La habían instalado los alienígenas que se hacían llamar hwarhath. Los humanos les llamaban «el enemigo»; y la estación de Anna —su encantadora y tranquila estación de exploración biológica— estaba llena de malditos diplomáticos.